Arte y diseño en favor de la infantilización de la sociedad

Por Marcos Mesa

Recuerdo las palabras de una persona, no diré quién ni de qué partido; el sujeto en cuestión llevaba poco tiempo por el panorama político de la ciudad y ya andaba expresando públicamente sus primeros consejos autoritarios; la frase que se me quedó grabada fue: “La gente de la Asamblea … son como niños pequeños…” y no recuerdo bien cómo concluía pero realmente lo importante fue la tremenda metáfora para dar a entender a sus compañeras y compañeros que una amplia asamblea de personas era incapaz de poder decidir sobre algo trascendente debido a su ingenuidad.

En nuestro día a día vivimos rodeados de imágenes que responden a la naturaleza desenfrenadamente capitalista de nuestro país. Como Naomi Klein describe en sus libros existen ya pocos espacios donde las imágenes comerciales, logos, carteles, pantallas, banners, cabeceras no invadan nuestra vida diaria. Pero lo que ha diferenciado los últimos años desde su libro “No Logo” (2002) a nuestros días es la continua lluvia de productos y campañas sistemáticas de “infantilización cultural”.

Gracias a los móviles de última generación, que al parecer no son solo nuestros robots de seguimiento,  sino también de propaganda, nos llueven productos y contenidos (desde redes sociales y aplicaciones relacionadas con el mundo de la telefonía) con características infantiles cuyo público especial son más los adultos y las adultas que la infancia. Saliendo de las pantallas se construyen bolsos, cojines, almohadas con todo tipo de personajes infantiles. 

Emoticonos y personajes que encajan más en contenidos culturales para menores de 11 años nos llueven al mismo tiempo que hay un exagerado incremento de series de dibujos en televisión (procedentes de Norteamérica) que parecen estar destinadas a niños pero que han conseguido ser las series favoritas de los treintañeros al poseer guiones que no son tan entendibles para los pequeños. Pretenden abarcar un público abierto pero a pesar de que sus personajes responden a perfiles totalmente infantiles, sus guiones representan valores determinados y roles que metafóricamente son reflejo de aspectos muy complicados de la sociedad actual. 

El gran laboratorio de pruebas de toda esta amalgama estratégica de productos y campaña de modificación conductual, como no pudo ser de otra manera fue Japón, una de las naciones tecnológicas. Durante varios años artistas entre los que se encuentran Takashi Murakami o Yoshitomo Nara han denunciado (según sus propias palabras) una obscena narrativa de humillación nacional basada en una política de infantilización que ha sufrido el país nipón desde los 90. 

“Hemos desarrollado una dependencia de los americanos que comenzó con la ocupación y continúa hasta hoy, de lo que ha resultado la negación del ser adulto y de nuestra nación”. En otras palabras: el pueblo japonés había renunciado a crecer.

“Impactados por una fijación preadolescente con la estética de la fantasía, el país emerge hoy como el último little boy” . Con esta última frase en 2009 la escritora Ángela Molina hablaba del experimento japonés que, lejos de ser el último, acaba de empezar a nivel global.

Sin embargo el sistema pareció ser más fuerte que los artistas y acabaron desestimando su denuncia social en sus obras para evolucionar hacia una especie de Apología de la infantilización capitalista; uno de ellos incluso acabó realizando sus diseños en los bolsos de Louis Vuitton y exponiendo en todos los grandes museos norteamericanos que hay en todo el mundo. La cuestión no pone en duda la calidad artística y la diversión de los contenidos, obviamente si son instrumentos del sistema han de poseer una gran calidad y buen atractivo, sin embargo lo que merece especial estudio es el afán de la tecnología del ocio (que esconde también su lado militar: datos e información de cada ciudadana/o del mundo) de explotar este tipo de campañas vinculadas a la infantilización de la sociedad.

Junto al miedo, las leyes represivas y de criminalización auspiciadas por un terrorismo global que nuestros propios carceleros han instigado y financiado, la ciudadanía de las democracias neoliberales (Occidente, acólitos asiáticos, Rusia e Israel) es convertida en dóciles súbditos de la élite por medio de la tecnología militar-ocio que nos inunda de millones de vídeos de animalitos entrañables, personajes infantiles de abstracción siniestra en continua sonrisa, nuevos lenguajes acompañados de caritas expresivas para la ocasión e infinidad de imágenes amistosas que nos hacen olvidar ciertos aspectos crudos de la realidad y, más aún, del autoritarismo y violencia con la que nuestros regímenes explotan a otros países del mundo.

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