La noche de Haloween

halloween-e1413463576940-300x245Por Eduardo Nabal

Leo que el obispado de Cádiz le declara este año guerra a la noche de Halloween. No sabemos si le quita público o fervor, o lo sustituye. Una locura que viene de antiguo y que hoy no tiene mucho sentido cuando la frivolidad y la desdicha, la sobriedad y la opulencia conviven sin estorbarse, como las casillas de Hacienda, truco o trato.

Hoy día parece que se ha puesto de moda lo de celebrar “La noche de Halloween”, en Europa y, en concreto en España. . Disfrazarse de criaturas de la noche, lo de las bromas queda en un terreno impreciso, mas para el cine de miedo que para una realidad sociopolítica que es ya una broma de pésimo gusto con obispos y sin ellos.

Algunos, irritados, piensan que es otra importación cultural del Imperio Estadounidense. Y en lo que se refiere a su parafernalia, al circo que la acompaña, lo es. Pero no, se equivocan, no forma de la carísima campaña del Pato Donald Trump, con la que EEUU nos castiga este año.

Celebrar la noche de difuntos de forma festiva no deja de tener su aquel, es una forma lúdica de entrar en contacto con el tabú sempiterno de la muerte. Pero debemos aclarar que “Haloween” no procede de ninguna festividad norteamericana, nunca fue una exportación yankee sino que es el resultado de algunos ritos de los Pueblos Celtas en la antigüedad, coincidiendo con el fin de la cosecha (buena o mala) y con el comienzo de la “estación oscura”. En esa noche para los celtas la línea que separa a la vida de los muertos se desdibujaba, de ahí que también se haya asociado a la brujería y el temor a los difuntos. También en esta España, en este estado maltrecho que ya da miedo por otros motivos.

Los celtas estuvieron en Irlanda, Britania y País de Gales (hoy Inglaterra) y también se establecieron en partes de Galicia o País Vasco. La celebración el 31 de octubre del fin de la cosecha y la noche de difuntos persistió sobre todo en áreas rurales. Pero la Iglesia Cristiana emergente y metomentodo intento, en vez de suprimirla, apropiarse de esta festividad pagana convirtiéndola en “El día de todos los santos” que fue seguida del “Día de las Ánimas”, para vender flores, tumbas y fervor religioso allí donde había festividad pagana y hasta hereje.

Aunque esto ha calado en nuestro adoctrinamiento y en la fecha indicada los ritos de la víspera de la noche de difuntos, hogueras, ofrendas a los muertos etc. no cesaron sino que se sucedieron ignorando las sucesivas maniobras eclesiales. Por su parte en Latinoamérica tenían sus propios días de los muertos (México) pero el imperialismo colonizador ha convertido la noche de Halloween en una fiesta consumista y mimética de la que vende EEUU. Domesticada a lo Walt Disney y la caza de brujas.

Con la gran hambruna en Irlanda a principios de siglo muchos se fueron a EEUU en busca de un trabajo o una oportunidad. Por supuesto solo una minoría lo consiguió, y no siempre de forma honorable. Y allí siguieron celebrando la fiesta de la cosecha y aquella en la que había que hacer ofrendas a los muertos o por lo menos no enfadarlos ni sacarlos de sus casillas.

Se llevaron la leyenda en los pisos bajos de los barcos con destino al llamado país de las “oportunidades”. Pronto sus representantes fueron mendigos y luego niños que pedían caramelos a los habitantes, a cambio de librarles de maldición y mala suerte, de los malos augurios y los ancestros airados.

No obstante, tanto en Europa como en EEUU, la fiesta se les fue de las manos a los más tradicionalistas y se convirtió en un día de bromas pesadas que llegaron a formas extremadas de gamberrismo que incluía el descarrilamiento de trenes y la apertura de los corrales en las granjas, entre otras lindezas. Viendo que la cosa no iba a cesar el mercado de EEUU se fue apropiando de “La noche de Halloween”, del fuego y la calabaza, dándole un sentido más blanco, civilizado, candoroso y sobre todo lucrativo para grandes empresas que organizaban eventos, construían parques temáticos y vendían disfraces para los peques.

También para Haloween. Las costumbres de EEUU, que varían por países, incluyendo la violencia primitiva y el individualismo, vienen de culturas próximas o del desarrollo de las ciudades grandes frente a los terrenos agrícolas y los latifundios. Hoy día nos da rubor que las discotecas hayan convertido algo así en un negocio espectacular, igual que los vendedores de disfraces y accesorios de adorno.

Hay muchas historias por contar acerca de los mitos de Halloween, que en definitiva, viene del Shamain céltico pero al menos esto nos reconcilia con una fiesta que si bien hoy se ha convertido en una horterada (no mucho mayor que las Navidades) nunca tuvo su origen al otro lado del óceno, sino en la Europa de estos pueblos poco conocidos que llegaron hasta Galicia con sus hogueras, despertando iras de inquisidores, fanáticos de varias creencias y puritanos.
El director John Carpenter añadió algo de leña y sangre al fuego furioso de la fiesta con una película de terror de cierta calidad y bajísimo presupuesto donde un joven psicópata vuelve a su pueblo natal la noche anterior a Halloween.

Carpenter retrata esos pueblos provincianos, esas universidades frívolas, esos/as jóvenes descerebrados ajustando cuentas, como Myers, con una sociedad por la que nunca ha demostrado demasiado afecto. Sobre ellos volcó la ira de una herida juvenil en forma de trauma porque detrás de toda celebración mentirosa y forzada hay un ser infeliz y desesperado, buscando respuestas

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