Gernika

gernikaPor Eduardo Nabal y Juan Argelina

Koldo Serra nos obsequia con una versión simplemente discreta, convencional y algo apagada de los días  previos bombardeo de Gernika, al convertir una tragedia universal en una historia poco original  de romance y guerra, protagonizada por un periodista neoyorkino y una joven bilbaína perteneciente al bando republicano. Cuando el espectador español dice “hay demasiadas películas sobre la guerra civil”, se delata, o al menos delata un subconsciente colectivo adocenado, en el que el franquismo, por medio de sus hoy poderosos descendientes, sigue campando a sus anchas, controlando aún las más altas instituciones del Estado.

La memoria incómoda a quien incomoda,  como a quienes han votado a un ministro que se siente triunfador de una guerra civil, o a una elementa que defiende a Millán Astray, el de “muera la inteligencia. Viva la muerte”, o a muchos otros, que hoy parecen ser favoritos políticos para un amplio sector del pueblo español. Nadie diría “hay demasiadas películas del oeste”, como si todas tuvieran la misma calidad fílmica o nivel cinematográfico, y fueran una repetición continuada. Otra cosa es: hay demasiadas películas malas sobre la guerra civil, pero muy pocas si las comparamos con la Segunda Guerra Mundial o cualquier otra guerra del siglo pasado con millones de muertos en sus listas, por no hablar de los desparecidos y casi nunca buscados.

Este “Gernika”, del realizador vasco Koldo Serra (“El bosque de las sombras”) no pasa de ser un melodrama dinámico y tremendamente efectivo en algunas secuencias, aunque los actores y actrices no sean de gran altura ni brillen en sus personajes más allá del drama de amor, suspense, amistad y guerra, bien rodado pero sin grandes logros ni algún tipo de innovación. Muy por debajo de “Pan negro”, “La buena nueva” o “Silencio roto” (por citar tres de las grandes películas sobre la Guerra Civil),  el film de Serra cuenta uno de los episodios más terroríficos de la historia del siglo pasado, y aunque apenas se sale de la “historia oficial” con su comedimiento esperable, consigue algunas imágenes potentes (sobre todo en el dantesco final con el pueblo arrasado y sembrado de cadáveres)   y mantener la atención del público,  a pesar de sus ribetes cada vez más folletinescos.

Pero para muchos sólo es otra película “sobre la guerra civil” sin matiz alguno. El tiempo se ha parado en un tema sobre el que sabemos muy poco aunque creemos saber mucho. Recuerdo un joven pero ya de mentalidad gris, uno de esos casposos columnistas del Diario de Burgos que, después de ver “Brokeback mountain” titulaba su mediocre y tendenciosa columna “Sobresaturación de homosexualidad”, cuando en Burgos podríamos poner “saturación de extraterrestres, curas y policías” o “sobresaturación de comedias heteropetardas” o “sobresaturación de autobombo municipal”  pero, de momento,  no otra cosa. El caso es que el pueblo español, corto de memoria y, en ocasiones,  de miras en asuntos de política, rodeado de fosas comunes, prefiere decir que ya “ha visto suficientes películas de la guerra civil” por si acaso en aquellos seres del pasado reconoce los rasgos de algunos de los del presente, lleven sotana, uniforme o escriban en pizarras, incluso dirijan gobiernos. Gernika ahora, además de un Picasso muy famoso que trató de plasmar el horror de un pueblo bajo las bombas, es ahora una peli más sobre “la guerra civil”; la historia y sus heridas deben dejarse atrás para que la extraña “conciliación”  de este país donde abundan aún los  hipócritas y farsantes siga su camino hacia la autodestrucción y el olvido.

Gracias a este misterioso pacto y transacción nos gobiernan los de siempre, y la gente, sin pensarlo dos veces, dice “hay demasiadas películas de la guerra civil”, como si le quedara tan lejos como la era de los dinosaurios, sobre la que Burgos excava y excava a la par que presume sin parar, buscando huesos de seres del pasado más remoto, sin saber o, más bien, sin querer saber donde pueden estar enterrados sus antepasados mas cercanos.

El tiempo se ha parado, si, en un “impasse” trágico de repleto de manipulaciones y desvíos de atención, que ahora evidencia las contradicciones de la mal llamada “reconciliación” nacional de la Transición. Como decía Paul Preston “la pervivencia de la cultura franquista es un hecho en grandes sectores de la población española”, sobre todo en el sector económico de la gran patronal. Quedó demostrado en la capciosa pregunta que el profesor Antón Costas, presidente del Círculo de Economía, el mayor foro del mundo empresarial de Cataluña, hizo a Pablo Iglesias, cuando éste presentó el programa económico de Podemos en las jornadas que se celebraron en Sitges hace unos meses: “Sr. Pablo Iglesias, ¿usted, personalmente, cree en la propiedad privada, en el talento, en el mérito y en Dios?”. Seguramente casi nadie sepa que los conceptos incluidos en la pregunta eran los mismos que aparecían en la propaganda del movimiento golpista de 1936 (“para defender a Dios y al orden establecido– justificado por el mérito y talento de las élites gobernantes-, y a la propiedad privada”).

Lo único que ha cambiado es el orden de los conceptos. La incapacidad de entender y asumir los retos del hecho diferencial vasco y catalán, hace que todo lo relativo a la Guerra Civil y el debate sobre las responsabilidades criminales y las consecuencias políticas de la represión que siguió, sean cortados de raíz o manipulados en un falso discurso edulcorado llevado a cabo tanto por los medios de comunicación (series de televisión de amplia audiencia sobre ese periodo) como por un cine que revisa la Historia sin ánimo de “ofender”. El franquismo ya intentó maquillar los hechos inmediatamente después de producirse, pero la controversia aún no se ha cerrado. Ni entonces ni ahora ha podido evitarse que la tragedia de Gernika sea un obstáculo inamovible para la comprensión de la realidad vasca por parte del centralismo de Madrid. La brutal realidad económica y social de la Guerra Civil actúa aún tras el estandarte de la Cruzada.

 

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