Turquía, claves para un golpe de estado

Por Juan Argelina

Recuerdo las lecturas sobre el Imperio Otomano durante mis estudios universitarios. Se le calificaba como “el enfermo de Europa”, un Estado teocrático en descomposición, heredero de una vasta serie de conquistas a lo largo de Oriente Medio, norte de África y los Balcanes, al que acechaban como hienas las grandes potencias coloniales del siglo XIX. Su posición estratégica entre Asia y Europa, dominando el estrecho del Bósforo que separa el Mediterráneo del mar Negro, así como el enlace de la ruta hacia Asia por el canal de Suez (construido por británicos y franceses en 1869), no sólo motivó guerras constantes (Crimea en 1854, Guerras Balcánicas en 1912, entre otras), aprovechando los crecientes movimientos nacionalistas de los pueblos de Europa oriental (Grecia, Rumanía, Bulgaria, Serbia, …), sino que fue el epicentro de todo un juego de alianzas y contra-alianzas a su alrededor que acabarían generando la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918.

La Turquía moderna surgió de ahí, de las cenizas de este imperio multinacional y multiétnico, que, aunque dirigido por los turcos, conseguía, bajo la autoridad religiosa del sultán, autoproclamado califa, unir buena parte del mundo islámico. El reparto de sus restos entre franceses y británicos, más la hostilidad de griegos e italianos, acabaron fomentando el desarrollo del nacionalismo turco, aprovechado por Kemal Atatürk para declarar la república en 1923, con el propósito decidido de occidentalizar el país, alejarlo de sus tradiciones islámicas, e iniciar la reconstrucción de una nueva Turquía, en la que las distintas nacionalidades ya no tenían cabida (los armenios ya fueron casi aniquilados en 1915, y ahora le tocaba el turno a los kurdos, cuya identidad como pueblo fue negada por las potencias coloniales, que diseñaron las nuevas fronteras de Oriente Medio).

Imperio Otomano

El ejército fue el garante desde entonces de la laicidad y la unidad nacional y étnica del nuevo Estado, formando un poder paralelo frente al civil, que ha motivado muchas intervenciones golpistas recientemente. La identidad del pueblo turco por tanto quedó condicionada por esa ruptura histórica, manteniéndose en una continua cuerda floja entre Oriente y Occidente. La propia composición demográfica del país evidencia un fuerte contraste entre la Turquía más desarrollada del Oeste (Estambul y el Egeo) y la más atrasada y rural del Este (más cercana a Irán), lo que refuerza aún más las tensiones internas y condiciona la política exterior.

Durante la Guerra Fría no importaba que el juego democrático saltase en mil pedazos en muchas ocasiones. El alineamiento con EE.UU. y la OTAN era un hecho que determinaba la absoluta impunidad militar, y la represión contra toda actividad comunista y antinacionalista fue constante. De hecho, el aumento del islamismo entre las clases populares y el ascenso de Erdogan se puede entender muy bien gracias a la ausencia de cualquier otro grupo de oposición real en el país.

Recep Tayyip ErdoganEl sentimiento nacional se reforzó aun más si cabe frente a Grecia (los servicios secretos británicos estuvieron detrás de la represión contra la comunidad ortodoxa de Estambul en 1955, con la muerte de varios sacerdotes, y de la invasión de Chipre de 1974), lo que ha supuesto un problema añadido al difícil equilibrio entre el acercamiento a Occidente (con el estancamiento de las negociaciones con la UE) y la relación con el mundo musulmán, que en el marco geopolítico actual, está adquiriendo una importancia creciente. Este nacionalismo, junto al desarrollo de los movimientos islámicos al tiempo que se desestabilizaba toda la región con las guerras de Irak y Siria, es el caldo de cultivo en el que se entiende el ascenso de Erdogan.

Erdogan no tiene el islam como objetivo, sino que utiliza la religión como un instrumento para mantener el poder”, dice el periodista Rusen Çakir.  Tras ser elegido como alcalde Estambul en 1994, su ascenso fue imparable. Creó el AKP (Partido para la Justicia y el Desarrollo), que en 2002 logró la mayoría absoluta. Fue el principio de una serie de victorias electorales: El 34% de los votos obtenidos en 2002 se convirtió en el 47% en los comicios de 2007 y en el 49,8% en 2011. Tras superar un intento de ilegalización, la posición de Erdogan no ha hecho sino afianzarse popularmente.

“Después de las elecciones de 2011, tenía dos opciones: o compartir el poder o acumularlo. Continuar con las reformas democratizadoras significaba dar poder a la sociedad civil, apoyar la diversidad política, reconocer derechos colectivos de kurdos y alevíes…”, escribió Yavuz Baydar, uno de los periodistas que apoyó al AKP hasta ser defenestrado por demasiado crítico: “Optar por esa vía democratizadora significaba compartir el poder y correr el riesgo de erosionar su base electoral. Así que optó por lo contrario, por reforzar el culto a su personalidad, que es algo que siempre ha funcionado muy bien en este país”. Logró la presidencia de la república en 2014, año en que fueron fuertemente reprimidas las protestas de Estambul, aunque internacionalmente su figura se iba agrandando dentro del mundo árabe: Después de cantarle las cuarenta al presidente de Israel, Shimon Peres, ante todas las televisiones del mundo en el Foro de Davos, Erdogan fue recibido en su Kasimpasa natal al grito de “Conquistador”.
Al inicio de la Primavera Árabe, en Egipto lo esperaban con pancartas de “héroe” por su apoyo a la revuelta; en Túnez era “el líder del mundo islámico”; en Gaza su cara se multiplicaba por las calles, en Libia, en Jordania… Los diplomáticos estadounidenses que lo trataban lo describían como “un patriarca benevolente”, y sus aduladores ya le califican como el “nuevo califa”. La guerra en Siria y las tensiones entre Rusia y EE.UU. le han permitido pensar en un protagonismo internacional más independiente.

Ha sabido aprovechar (si no manipular) la oleada de refugiados hacia Europa para lograr un ventajoso acuerdo con la UE; ha conseguido mantener una actitud ambigua frente a la crisis siria, pues mientras apostaba contra el régimen de Assad, apoyaba indirectamente al Daesh, aprovechándose del petróleo que salía de su territorio a través de la frontera turca, y que constituía una buena parte de su financiación; y ha mantenido a raya al movimiento kurdo en el norte de Irak, que invadió en 2008, mientras arrasa los pueblos de su frontera con Siria.

yol-movie-posterTuve ocasión de visitar Turquía varias veces. La última, en 2014, me permitió comprobar cómo funcionaba su sistema educativo, dentro de un plan de intercambio en el que pude llevar a un grupo de estudiantes españoles a un instituto rural cerca de Bursa. Pese a la omnipresencia de la figura de Atatürk, el islamismo se había impuesto de forma evidente. Y a sus críticos no les ha quedado otra opción que exiliarse. Las imágenes de la película “Yol” (1982), de Yilmaz Güney, son reveladoras sobre cómo es en realidad la sociedad y la política turca, y nos aportan una visión precisa para comprender lo que sucede actualmente.

La represión, la censura y la persistencia de unas tradiciones medievales, apoyadas por el autoritarismo militar, son las claves del éxito de un Erdogan, que ha salido claramente reforzado del fracaso de esta última intentona golpista. Ya hay expertos que hablan directamente de un “autogolpe”, hecho a medida de sus ambiciones. Ahora mismo se está produciendo en el país una purga sin precedentes: no sólo militares, sino jueces y funcionarios (se habla de unos seis mil) están siendo detenidos o despedidos de sus puestos.

Está claro que se nos escapan aún muchos detalles, pero lo que si podemos constatar es que bajo la apariencia de la defensa de la democracia, se revela el ascenso de un nuevo caudillismo fascistoide. Este golpe le encumbrará aún más, y le dará una excusa para perpetuarse. Las consecuencias van a ser nefastas tanto dentro como fuera del país, porque su política, como ya dije, determina tanto la desestabilización de Siria como la represión kurda.

Desde luego, el golpe huele mal desde el principio. Quién sabe si la acusación de estar tras el golpe contra el imán Fetulá Gülen, creador de la sociedad islámica “Hizmet”, que ayudó al propio Erdogan a subir al poder en 2002, sugiere que se estaba preparando la creación de un gobierno islámico más radical, o bien todo ha sido obra de unos cuantos militares que habían caído en desgracia. Los acontecimientos futuros nos revelarán la verdad.

 

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