Sol negro y flores raras

Por  Juan Argelina y Eduardo Nabal

flores-raras-bruno-barreto“Los días que no pueden traerte cerca o no quieren, la distancia intentando aparecer como algo más que obstinada, discuten, discuten, discuten conmigo, interminablemente, sin lograr demostrar que eres menos deseada ni menos querida.”

Elizabeth Bishop

Estos versos románticos de la laureada  poetisa Elizabeth Bishop nos sirven para reflexionar sobre el “no lugar” que siguen ocupando las lesbianas en el cine de masas. Si dentro del cine gay, no en España donde ha sido barrido del todo por los recortes en cultura , se puede hablar de autores distintos o estilos coincidentes en el caso del cine de amor entre mujeres es dificil encontrar algo cercano , luego que sea bueno,  y mas dificil que sea accesible al público…las excepciones no hacen sino confirmar la regla Se acaba de estrenar una película sobre la apasionada y dolorosa historia de amor entre la poetisa estadounidense Elizabeth Bishop y la socialista brasileña  Lota de Macedo Soares. Algo muy de actualidad en un país donde el poder económico y los avances políticos siempre chocaron con virulencia y han vuelto a llevar al gobierno a un colapso en forma de golpe de estado de los más corruptos. “Flores raras” es la historia de dos mujeres que se encontraron en el mediodía de sus vidas, en un país convulso  y se cambiaron la una a la otra, influyéndose, imitándose y finalmente distanciándose para siempre de forma dramática. Los últimos años de su relación ésta marcadas por el deterioro mental de la frágil y tímida Bishop, procedente de la Irlanda católica,  con sus continuas recaídas en  la depresión y el alcoholismo.

La película cuenta el viaje de la escritora, huérfana, a un Brasil sacudido por los cambios sociopolíticos, aunque se escamotean las imágenes de agitación, revueltas y pobreza ambiental  en favor de la elegía visual de un encuentro.  Allí conoce a una mujer fuerte que no oculta su lesbianismo y además forma parte de una familia importante desde un punto de vista tanto económico como sociopolítico en el Brasil de los cincuenta. Una oveja negra con un destino incierto.  Con ella vive su relación mas intensa pero sus recaídas hacen que esta historia de amor intercultural no tuviera un final feliz, a pesar de sus quince años de convivencia juntas. El título del filme puede adquirir aquí y ahora un sentido doble ya que  encontrar en las pantallas grandes una historia de amor entre dos mujeres no es nada común, menos en las carteleras españolas. Desde que Balletbó Coll dejó el cine por la enseñanza a penas hemos podido ver unas pocas películas dignas sobre el amor entre mujeres como “La vida de Adele”, “Une belle saison”  o “Ginger y Rosa”. Hay otras pero han pasado directamente a formato DVD o festivales. Si las películas llamadas “de temática gay” son bastante variadas aunque lleguen tarde y mal (como está ocurriendo con los últimos trabajos de Dolan, Ozon o Bruce la Bruce) las películas dignas (no simples comedietas de amigas universitarias que van un poco más allá de lo establecido) sobre el amor y la amistad entre dos mujeres siguen siendo flores raras en nuestros cines, embrutecidos por sagas en 3-D, las sagas hispánicas  de policías corruptos o heroicos, las comedietas de segunda  y el cine de consumo.

la vie d adéleEntre las excepciones notables de esta temporada esta “Violette” del francés Martin Provost sobre el amor no correspondido de las escrito Violette y Leduc hacia la filósofa Simone de Beauvoir y ahora llega la brasileña “Flores raras” otra historia pasional entre dos mujeres de carácter y procedencias bien distintas, de dos mundos marcados por un paisaje y un paisanaje en crisis, uno marcado por el frío y el otro por oleadas de calor humano pero ambos condicionados por el odio y los intereses creados. Los dispositivos de “lo normal” siguen funcionando en sinopsis pacatas o directamente mentirosas de lo que realmente cuentan películas como éstas, donde se utilizan eufemismos como “amistad”, “relación” etc. Las excepciones suelen ir respaldadas por premios internacionales como “La vida de Adele” con su flamante Palma de Oro  o por nombres de prestigio entre sus personajes principales como  es el caso “Violette” o también de “Flores raras”, el último filme de Bruno Barreto, uno de los pocos realizadores brasileños con proyección internacional. Barreto, sin prejuicios, confecciona  un filme poco innovador en lo formal  pero elegante, sensible  y correcto, con una portentosa  interpretación de todas las actrices, empezando por Miranda Otto (descubierta en la australiana “El refugio de mi padre”)

Bishop, como casi todas las mujeres poetas que escribieron sobre la feminidad,  se adelantó a la sociedad de su tiempo y no siempre fue bien comprendida, a pesar de sus éxitos y de sus seguidores. A la clara influencia de Marianne Moore se sumó la dificultad de vivir y expresar el amor entre mujeres ante  críticos y académicos varoniles y de la vieja escuela.  Sobre su vida  y su obra escribieron el irlandés Colm Tóibín (otro exiliado universal) y su compatriota Adrienne Rich que en “Sobre mentiras, secretos y silencios” nos dice “Hemos tenido demasiadas mujeres suicidas, demasiadas poetas suicidas, demasiadas autodestrucciones como la única forma de violencia que se les permite a las mujeres”: En un país como el nuestro u otros de Europa donde las lesbianas sufren una doble marginación y una particular invisibilización cultural  (desde Sor Juana Inés de la Cruz a Gloria Fuertes) y sobre las connotaciones amorosas de su obra poética es dificil que una película como “Flores raras” llegue al gran público, a pesar de su cuidada ambientación, construcción dramática efectiva y a una narrativa que sin dejar de lado la inteligencia resulta bastante accesible.

Sylvia Plath, “La Campana de CristalNo resulta fácil transmitir el lenguaje poético en el cine sin malograr su abstracta y codificada lectura, más aún si la vida y el texto se funden en un juego trágico de búsquedas y desencuentros. El lenguaje poético surge de las ruinas de la prosa, las flores raras no están de modas en gobiernos que, en el mejor de los casos, abogan por una aburrida “normalización”. Cada palabra, por sí misma, se convierte en un instrumento de derrota, ya que, fracasada la comunicación de la prosa, el sentido mismo de la palabra se convierte en lo incomunicable puro. Si se quiere hablar de algún modo del compromiso del poeta, digamos que es quien se compromete a perder. “Flores Raras” trata de expresar esa insatisfacción constante, esa fuerza interior incapaz de mostrarse a los demás en primera persona, en una constante timidez, como si expresando esas palabras en público, se desnudara su verdad oculta: la poesía es un arma, o más bien el escudo perfecto contra las reglas, contra la moral, contra el prejuicio. Es un ejercicio de autoafirmación con el que el poeta se juega la vida. Y las mujeres que se han atrevido a lo largo del tiempo a realizarlo han pagado el precio: “Aspiré profundamente y escuché el antiguo desafío de mi corazón: soy, soy, soy” (Sylvia Plath, “La Campana de Cristal”).

“Nuestra miseria nos impulsa a gritar y aullar, a quejarnos a quienes nos vuelven la espalda, y dan respuestas burlonas a nuestras desgracias sin compasión alguna” (Robert Burton, “Anatomía de la Melancolía”). Ahora ese grito, ese aullido toma forma de poesía. Elizabeth Bishop lo lanza en su exilio interior, y también en su viaje al continente Latinoamericano. Más allá de la historia de amor, está la mujer buscando en su mundo interior, capaz de percibir la realidad y adentrarse en la melancolía a pesar de la magia de algunos instantes felices. El poeta es un ser en perpetuo destierro. El Brasil de Bishop representó el exilio de su desgracia, pero ésta persistió a pesar del amor encontrado, ya que el pasado es una carga difícil de curar, sobre todo para alguien, como dice la propia Elizabeth “comprometida con el pesimismo”. Su sinceridad hiere: “Mientras más conoces un lugar, menos lo entiendes”, les lanza a sus poderosos amigos brasileños, acusándoles de pasividad frente al golpe militar. Ella vive en un no-lugar, imposible de ubicar. Por lo que tanto Brasil, como su amor, acaban en un paréntesis de su búsqueda íntima de ser.

A pesar de precedentes notorios como “Las horas” de Stephen Daldry o, sobre todo, la valiente y sexualmente explícita “La vida de Adèle” el cine lésbico sigue estando tan maltratado como el cine que refleja a otros grupos o realidades, como es el caso del cine sobre las llamadas minorías raciales en  el Estado Español o las vidas diferentes de las personas con diversidad funcional y sus vivencias.  Sus grandes comedias o sus dramas históricos (como esta “Flores raras”) siguen siendo excepciones a la regla heterosexista o capacitista  de “Chico busca chica” (a ser posible guapos)  o el amor heterocentrado que de puro repetirse se hace invisible. Así nadie metería en el mismo saco una comedia romántica de Woody Allen o un thriller psicológico o paródico de Tarantino o Sodenbergh. Pero películas como “Flores raras” siguen perteneciendo a una extraña categoría llamada “cine de lesbianas” o incluso, sin pensarlo mucho, “cine feminista”, lo  que niega las singularidades creativas y las subjetividades desafiantes que hay o puede haber delante y detrás de la cámara.

En unos tiempos en el que las lesbianas hacen y reclaman cine erótico o post- porno de y para ellas es dificil que muchas mujeres no abandonen las salas si las historias siguen siendo, en su mayoría, fálicas o, sobre todo, pacatas, noñas, soeces o, en el fondo o la forma,  heterocentradas. Los gays tenemos ya nuestros nombres variados en una historia de un cine maltratado hasta hace  bien  poco, de Visconti a Gregg Araki. Las lesbianas que van al cine se siguen encontrando con ese espejo tapado del que hablaba Rich o con ese Sol Negro de las poesías atormentadas  de Bishop, a pesar de las brillantes excepciones, algunas por conocer.

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