“Os seguiremos matando”

Por Juan Vallejo
Si vuestras manos no se enlazan fuertemente, las nuestras os seguirán matando. Esta certeza está en la calle, en la opinión.
Miles de mujeres, esposas de políticos, de Diputados, de importantes abogados, de militares, están padeciendo maltrato cotidiano; el alcoholismo de sus parejas. No lo denuncian, tampoco sus familias.
El pánico y el poder de las bestias que llevan la pasta a la casa las enmudece. Miedo. Represalias. Mala fama. Al final la depresión, el destierro, la miseria y la paliza cuando no el asesinato. Todo esto se da aún más en las ciudades pequeñas donde la mujeres son mártires ocultos.
Y que me dicen de los conventos. Las abadesas crueles que atan a las novicias en corto. Las amenazan, las retienen sus visados, las ocultan. Son una mano de obra gratis y además alguna vocación para mantener el negocio. Sobre todo las monjas latinas que se acogieron a la clausura para matar el hambre, para poder acceder dentro de un tiempo a la calle y buscarse la vida.
Y en las filas del Ejército donde las estrellas tienen patente de corso casi siempre. Y no se te ocurra denunciar un abuso de un superior. Casi siempre vas a la calle y quedas como puta.
Y los confesionarios. Los auténticos surtidores del maltrato sicológico. Los que dan las pautas a seguir en el hogar: la sumisión, el ciego obedecimiento al cafre. Son auténticos dispensarios de resignación.
No hace mucho tiempo, un obispo editó un libro junto a una fémina sobre cómo debía comportarse la mujer frente al marido, en el hogar, etc. Poco menos que atada a la pata de la mesa de la cocina. Sumisa y callada.
Y los colegios. Los que son propiedad de sectas tipo Opus, Kikolandia y el Sursum Corda. Monjas que aun siguen anudando la oración con el orgasmo, la regla con la sangre del Corazón de Jesús en vos confío.
De aquellas bulas que se adquirían en la casa del cura para poder diluir el ayuno y la abstinencia en la Cuaresma, firmadas por el Cardenal Pla y Daniel a cambio de unas pesetas (las había de varios precios; según el efecto que la prédica amedrentadora hubiera ejercido), se ha pasado a la demonización de la mujer como señuelo y causa para ser violada. La Iglesia vende ahora bulas para el hombre solamente. Con sus instrucciones puede acceder a la mujer hasta matarla si es preciso.
Miles de mujeres son tocadas, manoseadas, cuando no vejadas de palabra por encargados y jefecillos de mierda. Y no trasciende: otra vez el pánico, la incertidumbre.
Estamos acostumbrados a los crímenes que se llevan a cabo contra las mujeres, a diario; más de uno muchos días. Esto es una cortina que nos despista y entretiene en tanto que otro tipo de crimen se sucede en nuestro entorno, tras las paredes de las casas que nos rodean: la violación, el abuso sobre los niños y adolescentes casi siempre por familiares.
El alcoholismo, por ejemplo, es una de las principales lacras del maltrato, del asesinato de las mujeres. Es muy habitual observar cómo después del trabajo, o tras una jornada de asueto; lo que sea, el hombre llega a casa ebrio. La arma. Prepara un escándalo que soporta casi siempre la mujer paralizada, inmóvil, para no dar más ruido. Sí, eso: que los vecinos no se enteren, que no se despierten los niños. Casi nunca se consigue, sí un tremendo portazo para ir al bar otra vez y regresar totalmente borracho, dispuesto a terminar con la mujer que está temblando en una agónica espera que ya ha experimentado.
Y así un día tras otro.
Las leyes no sirven. Tampoco las manifestaciones, las asambleas, las conferencias, la carcel, los ismos y las perfomances. Nada sirve ante el alcohol, ante el pánico, ante el hambre, ante un catecismo que funde el infierno con el sexo y la mujer con la gran ramera del Apocalipsis.
Se forja un destino para ellas desde el capitalismo, desde la selva africana, desde la fábrica, desde la Universidad si me apuran; desde las leyes y los gobiernos: el sometimiento al hombre.
La misma Cultura queda vetada, amordazada para la mujer. Y es ésta el principal antídoto contra los salvajes que aguardan a la presa con sus arterias de siempre. Así es tratada la mujer, como una presa cazada que pasa a ser propiedad del depredador.
Sigo pensando que solo el Arte puede salvarnos o curarnos de este espante, de esta epidemia. Aunque pueda parecer una barbaridad, una boutade.
El conocimiento y la sensibilidad son la indispensable materia que nos puede hacer desanudar las manos de ellas y anudar las nuestras.

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