Martin: George A. Romero y la personalidad sofocada

Por Eduardo Nabal

“Martin” era la película favorita de su director George A. Romero hoy conocido por sacar a los muertos de sus tumbas y alimentarse de carne humana en su clásico de fines de los 60 “La noche de los muertos vivientes”,  con una contrastada fotografía en blanco y negro y una dirección sólida, a pesar de la inexperiencia de los intérpretes y, sobre todo, de la escasez de medios con la que fue realizada, que se nota enseguida La mejor secuencia de la película sigue posiblemente siendo ese comienzo en el que el hermano imita a los Zombies, no tanto por lo que viene después sino porque en esta fabula de horror hay secuencias, como la que abre el filme, que insinúan relaciones entre los personajes que van desde los celos, el racismo, el machismo  o el incesto.

Night-of-the-Living-Dead-frameTambién mucho humor negro e ironía despiadada. Entre el entretenimiento morboso, el cine de sustos  y la alegoría política la película es eso que llamamos sin saber muy bien “un clásico de culto”,  y una la  aparece citada en filmes tan brillantes como el melodrama queer “Mysterious Skin”, la obra maestra del todavía infravalorado e irreverente Gregg Araki, que aprendió cine saltándose lo que le habían enseñado en la universidad . El cine de miedo desafío subrepticiamente a la censura en esa década con películas que hoy siguen asustando como el citado debut de Romero, “Psicosis” de Hitchcock o “La semilla del diablo” de Roman Polanski. Reflejan, en ocasiones, el lado putrefacto de los EEUU, en otras ocasiones se hacen eco de epidemias o ataques de histeria colectiva, paranoia anticomunista o críticas al “sueño americano”, sus temores mejor escondidos y a la vez más encendidos. Hoy todas ellas pueden dar miedo y también una sensación de estar asistiendo a algo bello que fue considerado de mal gusto en su época, pero que hoy podemos contemplar casi como productos ingenuos, paródicos,  o clásicos campy. Coquetear con la muerte o las formas por lo que se conoce “el vampiro” o  el “diablo”  puede ser una  forma de perderle el miedo, pero no siempre los resultados son los esperados. Martin, el protagonista de la película mas refinada del director de “Zombie”,  busca peligro pero también intenta ser y no ser aquello que le han dicho que sea. Así se muestra un violador torpe en la línea del Antonio Banderas de “Matador” que trataba de demostrar, de forma violenta y absurda, su vaporosa masculinidad y su agresiva virilidad, su mezcla de timidez e impulsividad, su impotencia y su forma disruptiva de manifestar emociones y deseos primarios.

Romero es conocido por “La noche…”  y sus variopintas secuelas, algunas de ellas dotadas de un suave mensaje antifascista, distópicos  y ubicadas en hipermercados o contra una policía o fuerzas armadas más peligrosa que los propios zombies, como ocurre ya  en la primera de todas en la que unos lugareños armados y en cuadrilla  asesinan al joven negro protagonista, el único superviviente de la matanza de  los resucitados caníbales que se mueven con implacable torpeza y tesón. Romero realizó en 1979 su película más digna y sensible, coqueteando más con el thriller psicológico y el melodrama romántico y gótico que con el cine gore o terrorífico que se esperaba de él. Romero ponía mucho sentido del humor a sus filmes pero no los parodiaba como llegaron a hacer Sam Raimi o Wes Craven, pensaba – como Hitchcock-  en atenazar al espectador en su butaca. “Martin”,  a pesar de su halo romántico, vaporoso, fatalista y sus guiños a los clásicos del género, es un filme terrible, incisivo, ácido y perturbador. A pesar  de algunas secuencias  en las que Martin se deja llevar por sus impulsos eróticos sublimados, sus  pulsiones homicidas y de posesión del otro/a, el filme esta cuidadosamente fotografiado, mezclando texturas, blanco y negro, ecos góticos  y apoyándose en una misteriosa interpretación del entonces bellísimo y seductor John Ampas al que Romero dedica una serie de planos tan contradictorios.

Estamos ante uno de los trabajos más desconcertantes de su época sobre una juventud más frágil y  menos libre de lo que parece. El propio Martin sufre el acoso de esos jóvenes en bicicleta que “necesitan amenazar a alguien” y lo perciben como un sujeto frágil, infantil y vulnerable sin conocer el peligro potencial o la dolorosa trayectoria de este “vampiro por obligación”.  Con actitud pasiva pero miradas inquisitivas,  como la personalidad entre retraída y compulsiva (con arrebatos dignos de un psicópata) de este joven extraño que es para su primo un vampiro legendario además de la vergüenza de su apostólica familia y el estupor de una comunidad provinciana que va siendo abandonada por la juventud con inquietudes.  El realizador solo  recupera su buena forma en su sólida adaptación de “La mitad oscura” con Timothy Hutton, como un escritor con doble personalidad y capaz, como Martin, de conjurar fantasma reales o imaginarios. Aunque en “Martin” no se señala la homosexualidad del protagonista, solo sus malas relaciones familiares, la  ausencia de verdaderos amigos,  su búsqueda de la soledad  y su asocialidad,  tiene algo de anti-héroe americano de finales de la década de los 70, y su forma pasivo-agresiva y lánguida o atroz de obtener “sexo” o acercarse a las mujeres es cuando menos digna de sorpresa o inquietud. En algunas secuencias Romero permite que el actor se luzca en su esplendor juvenil, dedicándole planos realmente llamativos,  y su situación en la familia de acogida es la de un “pariente” indeseable, una oveja negra que parece tener más miedo del que provoca en algunos momentos, no siempre igual de conseguidos.

MARTINA Martin le ha tocado el San Benito de Vampiro en la pura tradición del término, si no lo es, casi todos/as  lo tratan como tal. Hay secuencias aisladas en las que se comporta como tal, pero igual que el  acomplejado, obsesivo y obseso protagonista de “El fotógrafo del pánico” revela una conmovedora vulnerabilidad y una incierta capacidad de seducción (desde su suavidad y masculinidad tímida)  que lo convertirán en el amante desdichado de una mujer insatisfecha de la mortecina y puritana localidad. Aunque la heterosexualidad de Martin parece, en principio, fuera de toda duda, se trata de un ser a la vez hermético, temeroso de la brutalidad  y la violencia , con arrebatos de furia psicosexual y otros de extraña timidez o recato que lo llevan a una mudez que asusta pero sobre todo enternece, desconcierta y seduce. El fantasma de la locura (que incluye el encarnar aquello que los demás creen que puede ser o significar) pesa sobre Martin durante todo el filme  (los que no lo creen monstruo lo creen  mentalmente débil o trastornado)  aunque en la mente de su primo (un personaje algo grotesco) y de los sacerdotes del pueblo (algo buñuelianos, codiciosos  y nada simpáticos) se trata de toda una criatura de la noche y un potencial asesino en serie o reencarnación de lo diabólico destinado a poblar el infierno.  “Martin” está dotado de la estética de los años setenta en sus mejores trabajos, con una fotografía cuidada y una melancólica banda sonora que lo acercan más a algunas películas de, Freddie Francis, Jack Clayton, Curtis Harrintong, el cine de la Hammer, Carpenter   o incluso el homoerótico  Paul Morrisey antes que al cine más comercial  de Romero (The Crazies, The living dead) , que aquí, sin escatimar detalles morbosos, se ríe de y con su personaje de la mediocridad ambiental y de ese halo de magia que lo condena a un destino fatídico en manos de sus parientes, particularmente  su despótico y absurdo primo.

Romero consigue un montaje abrupto con imágenes refinadas, mezclando color y leves y evocadores flash-backs en blanco y negro, que se unen a otras secuencias  más crudas o prosaicas del joven buscando sentido a su vida en una nueva localidad y en una familia llena de tensiones y recuerdos sombríos. Martin es algo más que la oveja negra y su primo lo interpela ridículamente como Nosferatu, pero ninguna de las armas habituales contra los vampiros impresiona al joven y delicado Martin en lo más mínimo. Inmune a los ajos, reflejado en los espejos y sobre todo, sin ningún fervor o temor por los crucifijos que pueblan “su nuevo hogar”. Martin, entre sus andanzas como recaderos de las amas de casa del pueblo,  llama a un programa de radio donde cuenta medias verdades sobre sus excursiones nocturnas  más arriesgadas y seduce a un público sediento de criaturas extrañas e historias truculentas. El pesimismo romántico y el malestar ante una sociedad enferma de Romero alcanza aquí su máxima expresión logrando una gran interpretación del protagonista masculino y un retrato, en ocasiones poco o nada amable, de los secundarios o del ambiente doméstico algo carcelario  y saturado de fanatismo en el que se ve envuelto y del que escapa la hija de su primo .Ese núcleo patriarcal y poblado de supersticiones del que logra huir su prima y que acaba anulando sus atisbos de cordura y acentuando una personalidad extraña, lánguida y seductora, agresiva a ratos  pero que no busca imponerse de una forma convencional.

El lugar de Martin en la familia patriarcal es, con algunas diferencias y concesiones al género, una posición similar a la que han ocupado (y, en algunos lugares determinados) la chica sexualmente activa, el gay que no lo oculta, las personas con diversidad funcional o enfermedad mental, los que prefiere el arte a los negocios, el soñador, el que se niega a adaptarse a un mundo gris, alienante  e intolerante, la mujer que aborta, la que ha perdido su independencia, ha descubierto la soledad o busca un nuevo amor, la chica que quiere ser un chico, el que no se parece a sus parientes, ni en el fondo y en la forma,  el que piensa por sí mismo, el insumiso etc. Una galería de gente sola, un montón de ovejas negras cada vez  más numerosas que ya constituyen un rebaño de dimensiones a tener en cuenta.

Martin es el “niño rarito” de una estirpe orgullosa, otro eslabón que se resiste a la normalidad desde el mutismo o los bruscos cambios de actitud. Visto con cariño por unos personajes, deseado por algunos y  odiado con furia  por otros “Martin” no es un chico nada “normal” pero tampoco ese monstruo sediento de sangre en que se empeñaron que fuera.   Como se muestra desde el comienzo del filme, tiene ataques o arranques de locura o delirio que lo vuelven potencialmente peligroso o amenazante, armado de jeringuillas y haciendo uso de cuchillas.

Romero nos cuenta la historia de la soledad de este joven desarraigado y obsesivo  en un microcosmos donde se mezcla la superchería, la religiosidad y sus absurdos  y pequeños gestos de rebeldía, desde el silencio o las apariciones inesperadas. En sus recuerdos en blanco y negro vemos que a Martin se le ha educado para verse como un monstruo y eso determina su incapacidad para relacionarse con naturalidad con las nuevas personas que conoce, prefiriendo los encuentros violentos o la total pasividad ante un mundo provinciano y sacudido por el fanatismo. Gran mezclador de texturas y colores, “Martín” huye de la vulgaridad o crudeza (no exenta de humor negro) de otros títulos de Romero en aras de una fábula irónica sobre un joven desequilibrado al que intentan hacer creer que es una criatura satánica, con fatales consecuencias.

Estamos ante un cuento triste y hermoso sobre el precio de ser o parecer “diferente”,  el aislamiento buscado o no, una reflexión paradójica, irregular pero  intensa sobre la alteridad como forma de vida y una de las más sutiles reflexiones de la frontera entre la locura  y las manifestaciones convencionales de la violencia o lo sobrenatural.

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