Marcos Ana, trinchera y resistencia de un poeta

Por Juan Argelina

Recuerdo al poeta Marcos Ana en el acto de presentación de una obra singular. Se trataba de un especial homenaje a Miguel Hernández en el Centro Cultural de Valdebernardo (Madrid), hace ya poco más de seis años, en el que la memoria del propio Marcos Ana se tiñó de melancolía, pero también de anhelo y reivindicación: La obra que íbamos a ver se había representado ya en circunstancias bien distintas, allá por 1960, en el penal de Burgos, un año antes de que ser liberado, tras 23 de condena.

Fernando Macarro Castillo tomó allí el sobrenombre de Marcos Ana por su padre fusilado durante la guerra, y su madre, hallada muerta en una de las zanjas que rodeaban la cárcel de Burgos, donde cayó mientras iba a ver a su hijo, que había sido condenado a muerte por segunda vez. En su discurso previo al acto, se consideró “privilegiado” por haber sobrevivido a la guerra, a las condenas a muerte, a las torturas, a la represión y al prolongado tiempo de silencio, al que no sólo la dictadura, sino también esta “democracia” habían sometido a “esos héroes oscuros, anónimos, que han sufrido lo que yo“.

En 1960 Miguel Hernández hubiera cumplido 50 años, y los presos de Burgos quisieron hacerle un homenaje, que también fue una reivindicación de sí mismos. Marcos Ana nos relató así sus circunstancias: “Lo hicimos protegidos por la seguridad de la noche, una seguridad un tanto incierta, en un escenario construido con mantas y sábanas, a voz ahogada, ante el temor de ser sorprendidos en cualquier momento por los carceleros. Era sobrecogedor ver a cientos de presos sentados en el suelo, mientras oíamos los pasos de los guardianes y los alertas de los centinelas. En un papel diminuto, enrollado en un tubo de pasta de dientes, saqué el texto de este homenaje.

Tras el escenario había una banda de música. Elaboramos flautas con los palos de las escobas, y con ellas íbamos tocando “La Cucaracha”, “La Marsellesa” o “La Internacional” en sucesivos momentos de la obra”. Miguel Hernández fue un ejemplo de compromiso entre la poesía y el compromiso político con la vida y la justicia social, y este compromiso es el que Marcos Ana continuó hasta su muerte. Por eso le reivindicó siempre, recordando la deuda que nuestra democracia aún tiene con él, y con todos los represaliados de la dictadura: la anulación de sus condenas.

Pero en un sistema donde la memoria de los vencedores es omnipresente a través de todos los engranajes del Estado, sobre todo de la Justicia, que ha obstaculizado todos los intentos de recuperar física y emocionalmente la dignidad de todos los que sufrieron aquella pesadilla, es complicado hacerse oír.

El documental de Javier Larrauri, M de Memoria (2012), con una larga entrevista a Marcos Ana, deja ver a un hombre que quiso volver a nacer a los 42 años, tras haber casi olvidado las cosas más sencillas de la vida en la cárcel (“antes volvía a la vida a través del sueño, pero llegó un momento en que la cárcel se impuso como la protagonista de mi vida y de mis noches”), pero nunca a sus compañeros aún entre rejas (“no podía sentirme libre mientras quedara un solo hermano mío encarcelado”).

Dedicó todo su ser a transmitir su memoria, luchando contra la trampa del “pasar página”, porque la Historia puede censurarse, ocultarse, reinventarse, pero nunca borrarse por completo. Hay una corriente subterránea que aflora desde las cunetas a través de las generaciones que aún sienten que la injusticia de ayer no es distinta, pese al tiempo, a la actual. Los arqueólogos sabemos mucho de esto. Y, como el mismo Marcos Ana decía, no hay ánimo de venganza alguno en reivindicar ese pasado y trasladarlo al presente (“la única venganza a la que yo aspiro es a ver triunfantes los nobles ideales de libertad y justicia social, por los que hemos luchado y por los que millares de demócratas españoles perdieron la libertad o su vida”). Reconozco que me conmovió ese hombre de apariencia frágil y ánimo invencible, relatando cómo regresó a Burgos para presentar su libro “Decidme cómo es un Árbol”. Dijo sorprenderse cuando el alcalde Aparicio, del PP, aludió al protagonismo del ayuntamiento en el homenaje a su persona, en un alarde de oportunismo político. Sin duda, las siete rosas rojas por los años que estuvo condenado a muerte, y las catorce blancas por los que pasó preso en Burgos, que le regalaron en aquel momento, fueron un detalle de reconciliación y reconocimiento, pero su símbolo quedaba vacío de contenido sin ver hechos claros de restitución de dignidad hacia muchos que sufrieron como él o murieron en prisión, olvidados injustamente.

La historia de la violencia política del franquismo pasado nos lleva al desengaño de la política democrática presente: el nacionalcatolicismo, como ideología del Estado, afectó a todos. El síndrome de la seguridad fue la principal preocupación de una sociedad desmovilizada por la represión, que fue olvidando poco a poco los orígenes del régimen, para pasar a pensar en su propia supervivencia primero, y en la mejora de sus condiciones de vida después.

Quienes salieron, como Marcos Ana, de las cárceles ya en los sesenta, debieron optar por una difícil reinserción o una resistencia numantina, no solo frente al sistema dictatorial, sino también contra una sociedad que prefería el olvido al espejo de su propia historia, representado en los presos liberados.

El caso de Marcos Ana me recuerda un poco al de Primo Levi. Sin querer comparar la situación de las cárceles franquistas con los campos de exterminio nazi, si que quiero ver una similitud en el resultado de la adaptación social de sus supervivientes. Las palabras de Levi en “La Tregua” son significativas: “sentíamos que nunca ya podría suceder nada tan bueno y tan puro como para borrar nuestro pasado, y que las señales de las ofensas se quedarían con nosotros para siempre, en los recuerdos de quienes las vivieron, y en los lugares donde sucedieron, y en los relatos que haríamos de ellas”. Las consecuencias sociales de la derrota fueron terribles, especialmente para los que debieron vivir como marginados, haciendo frente a la miseria material y moral infligida a los señalados por esa derrota.

Muchas víctimas de la represión fueron conducidas por las circunstancias hacia la autodestrucción o la delincuencia. Nunca se tendrá un recuento exacto de los muertos provocados por los “paseos”, registrados como accidentes de tráfico, o por los intentos de huida por la frontera francesa, cuyas víctimas eran “halladas” casualmente en el monte, sin que la causa fuera registrada oficialmente.

La impunidad de la Falange a la hora de extorsionar, acusar o exculpar a su antojo, en connivencia con los alcaldes y la Guardia Civil, quedó en la memoria popular de tal forma que el pánico a la represión llegaba a generar suicidios, como fue el caso del de la madre de la escritora Teresa Pàmies, del que se enteró al regreso de su exilio, o el de la dirigente comunista Matilde Landa, a quien Miguel Hernández dedicó su último poema (hecho público en la revista Añil tras haber estado inédito durante sesenta años, en manos de su hija Carmen López Landa, evacuada a la Unión Soviética. Su madre, la “suicida roja”, detenida el 4 de abril de 1939 y condenada a muerte, después conmutada, se arrojó desde una galería el 26 de septiembre de 1942).

Como ellas, otros muchos, que no pudieron soportar la presión de la represión y el miedo colectivos, a los que Marcos Ana quiso reivindicar en un presente en el que el cambio se hace inevitable.

Al futuro no podemos ir solos. Los veteranos hemos luchado mucho, tenemos cicatrices. A veces no somos capaces de encontrar el lenguaje para llegar a la juventud. Muchos jóvenes están esperando un mensaje que los ponga en línea y que les permita luchar por algo que vaya más allá de ellos mismos. No he escrito el libro pensando sólo en los camaradas, sino en aquella gente que todavía no nos comprende”, decía en la presentación de “Decidme cómo es un Árbol”. 

Este es el compromiso que le permitió vivir más allá de la prisión y la dureza de una vida en la que los ideales se diluían en el consumo. A sus 90 años, cuando le vi en el recuerdo de aquel acto valiente del penal de Burgos de 1960, se seguía considerando joven, sobre todo al ver como las nuevas generaciones volvían a rebelarse y buscar nuevas vías de regeneración política en medio de la crisis. “Nadie puede sentirse seguro en su pequeña libertad si considera lejana la esclavitud de los demás”.

Así se puede resumir esta suma de ideales que significó su vida, que llega hasta nosotros como un puente entre épocas, como una llama de esperanza, como un mensaje de libertad.

1 Comment

  • dionisia garcia

    gracias por el sentido homenaje al extraordinario marcos anas y a todos los qque sufrieron reprersion y muerter por el franquismos y a la memoria ttriste que dejaron en sus descendientes conmo yo

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