¿Cómo hemos llegado al capitalismo virtual?

El muro de Berlín

Por Juan Argelina

El siglo XXI es el tiempo de los fundamentalismos. La caída del Muro de Berlín en 1989 inició el camino hacia el “fin de la Historia”, la muerte de los “grandes relatos” en los cuales había una promesa de liberación humana, de fin de injusticias y del sufrimiento. Los postmodernos, durante la década de los noventa, intentaron reventar el marxismo y toda la herencia ilustrada, negando las interpretaciones que legitimaban tanto la revolución como la razón misma. Esto implicaba ver la Historia como un caleidoscopio, en el que cada suceso era independiente y explicable sólo en si mismo, y suponía una exaltación de las diferencias, una oportunidad para estudiar las pequeñas cosas que sucedían bajo las grandes superestructuras de los antiguos discursos. Su objetivo no era otro que el de apoyar la tendencia del mercado a ordenar y dominar esa pluralidad, en la que cada individuo debía ser tratado con el mismo valor, y donde se movían transversalidades diferenciadas como el feminismo, la sexualidad, el multiculturalismo, etc.

Pero, aunque el triunfo de la “postmodernidad” alentó el interés y desarrolló los estudios de todo lo que constituían nuestras diferencias y fundamentó la duda sobre el concepto de “identidad”, su excesiva “deconstrucción” de la Historia nos hacía preguntarnos ¿cómo íbamos a transformarla si no podíamos comprenderla en su totalidad? Si no había una linealidad en su devenir, ¿acaso no había persistencias, elementos que nos permitirían comprender el futuro? La Historia es una continua construcción y destrucción, al igual que nuestra comprensión de ella y de nosotros mismos. Así, el golpe final a las ideas postmodernas se las dio el Imperio que las amparó: desde Estados Unidos se extendió el concepto de “globalización”. De pronto los teóricos del Pentágono advirtieron la necesidad de que el Imperio se globalizara, y la fragmentación propuesta años atrás para justificar la acción del mercado sobre las democracias liberales, desapareció.

La aparición en escena del antiguo territorio negado de Oriente (Islam, China), con el inicio de la sacralización de la guerra contra el terrorismo global tras el 11-S (propuesto desde el principio como gran acontecimiento universalizador), acabó con todas las dudas y visiones fragmentarias de la Historia. El siglo XXI está mostrando que el belicismo es la nueva totalización, y que la lucha entre civilizaciones (Huntington) es el nuevo discurso: Verdad contra Verdad, fundamentalismo contra fundamentalismo. Es la negación de los pluralismos. Todo fundamentalismo es la exaltación de una verdad. Bush ya dijo: “Dios no es neutral. Dios está con nosotros”.

Este exceso de religión bélica a lo largos de estos años del siglo, que nos ha llevado a una conciencia preapocalíptica, también ha alcanzado a la ciencia, que ha desarrollado un discurso teleológico sumamente inquietante, basado en el “transhumanismo” o “posthumanismo”. La teología de este discurso se desprende de la inevitalibilidad de que la tecnología domine la vida humana hasta transformarla por completo, creando una nueva globalización en la que toda la humanidad habrá acabado con sus diferencias tanto étnicas como culturales y se habrá “fusionado” con la máquina.

El profesor José Luis Cordeiro, de la Singularity University, de Silicon Valley, mostraba en una entrevista con Iñaki Gabilondo sus “certezas” sobre los cambios irremediables que conducirían a esta nueva sociedad, de la que quedarían excluidos todos aquellos que la negaran. La ciencia, al servicio de grandes corporaciones como Google, NASA, Microsoft, Genentech, etc., prefigura ya esa nueva globalización. Sus inversiones estimulan el nuevo capitalismo, y sus gurús predican la nueva religión. Otro fundamentalismo en marcha. El Imperio contraataca. O nos sometemos a la nueva regulación mundial del mercado tecnológico, o morimos.

Afortunadamente hay teóricos que reaccionan con otros planteamientos: en su libro “The Critique of Digital Capitalism”, el crítico de arte Michael Betancourt sostiene que en el nuevo capitalismo digital lo único que importa son los procesos financieros virtuales, que crean la ilusión de que el mundo físico, los recursos, el empleo, son totalmente irrelevantes. Hoy día ya no hay una base física, como lo era el oro anteriormente, para regular el valor del dinero o las fluctuaciones monetarias de bienes y servicios. Actualmente, todo un entramado especulativo ha sustituido a esa base reguladora. La riqueza ya no está generada por el trabajo o el nivel productivo, sino por una complicada red de ingeniería financiera creada por las grandes corporaciones multinacionales.

Perfomance contra el trabajo esclavo. Burgos

El valor humano ha quedado relegado en este nuevo orden al nivel de una pérdida económica: Pagar a alguien por hacer un trabajo es una ganancia que se pierde. Los modelos diseñados para funcionar en línea están preparados para que la gente realice trabajos sin remuneración. Se trata de una ilusión en la que se piensa que los sueldos no importan. Es la misma idea que anima al científico Cordeiro a decir que los robots son el futuro, y que podremos vivir eternamente, en un nuevo Shangri-La, donde no habrá necesidades sin resolver, ni enfermedades sin curar, ni envejecimiento. Pero es una ilusión, ya digo, pensar en un mundo automatizado de esta forma.

Betancourt cita en su libro un ejemplo muy ilustrativo sobre el funcionamiento de este “capitalismo digital”: se trata del “órgano de gato”, un instrumento musical usado en la Edad Media, que se basaba en el uso de animales para producir sonidos específicos cuando se articulaba. Por supuesto, nadie veía el sufrimiento del animal a la hora de ser golpeado dentro del artilugio para que aullara. Solo importaba el sonido resultante. La nota musical era el resultado de una tortura invisible. Esta espeluznante analogía es la mejor forma de expresar el mecanismo del nuevo capitalismo virtual o de la ciencia “transhumanista”.

El trabajador que lucha por su puesto de trabajo sigue siendo la cobaya que aúlla dentro de la maquinaria. Los pobres del sistema nunca se beneficiarán de las ventajas que predica. Como paralelismo, podríamos usar el mundo de “Matrix”, donde los trabajadores solo serían conscientes del holograma resultante de la energía de su trabajo, un mundo de fantasía, de realidad virtual que parece normal. Los creadores de esta fantasía son los responsables de la auténtica realidad terrorífica de una sociedad desigual, injusta y desgarrada física y psicológicamente, en la que se ha destruido el concepto del valor, sustituido por una fantasmagoría virtual. La pregunta para el nuevo orden es: ¿Qué hacer con todos los seres humanos que ya no hacen falta, ya que la tecnología les hará innecesarios? ¿Quizás mantenerles entretenidos hasta morir?

Desgraciadamente vivimos en un mundo muy similar al de Matrix ya. El mundo que H.G. Wells decía que debíamos evitar, se ha convertido en nuestro presente. Ya hay millones de personas enganchadas a juegos virtuales en línea, en los que se pueden conseguir fichas de oro virtuales, créditos virtuales que pueden intercambiarse por dólares. Los consumidores de esta realidad se enganchan a una máquina durante todo el día para ganar dinero virtual que luego pueden convertir en dinero real. Esta práctica, muy común en China (gold farming), está siendo usada para que el Estado pueda calcular la capacidad crediticia de sus ciudadanos.

Controlan las actividades de la gente en las redes sociales a fin, no solo de averiguar sus actividades políticas, sino de manipular su comportamiento económico. Es un experimento que se está generalizando en todo el mundo. Han aprovechado los estudios sobre la psicología humana para convertir la sociedad en un gran casino, donde se diseñan los productos para agudizar los defectos de nuestro comportamiento, intentando evitar que encontremos la salida del casino, y programando las máquinas para que sigamos jugando. Esta es la clave del funcionamiento de las redes sociales o de esos juegos chinos. Nos mantienen ocupados las veinticuatro horas, entretenidos, creyendo que ganamos algo, cuando en realidad, vamos muriendo poco a poco, consumidos en la adicción.

Esto es el capitalismo digital. Utilizan nuestras actividades diarias para convertirlas en formas de beneficio económico. Hay múltiples aplicaciones que ganan dinero con ellas. Con nuestras pequeñas reseñas, o las fotos que subimos, o las valoraciones de productos o servicios, estamos haciendo un trabajo no remunerado, que les permite hacer una base de datos con una información inmensa.

Nos engañan como usuarios, controlando todo lo que hacemos, a dónde vamos, durante cuanto tiempo, cuánto ganamos, en qué gastamos, qué pensamos que es caro o barato, qué artículos miramos en Amazon por ejemplo, … Toda esta información se registra en su base de datos para siempre, y nosotros no tenemos ninguna posibilidad de reacción. Así es como el nuevo capitalismo digital transforma en financieras actividades que en realidad no entran dentro de las actividades económicas normales. Ya hay cadenas de supermercados en Estados Unidos que rastrean y localizan a sus clientes a través de sus teléfonos móviles mientras caminan dentro de la tienda. Saben a donde van y cuánto tiempo pasan dentro de ella, y este tipo de información se ha convertido en un activo financiero. Por tanto, en este sistema, el control es lo que importa.

La realidad virtual se ha convertido en la mejor forma de huir de la realidad física, mientras ésta última nos aplasta sin piedad. La postmodernidad nos ofrecía un mundo desarticulado y sin referencias que nos hacía volcarnos en nosotros mismos, en nuestra individualidad y nuestro pequeño mundo. El siguiente paso ha sido inculcarnos verdades absolutas para olvidarnos de una realidad sangrante, ya sea por medio del fundamentalismo religioso, político o científico.

En medio de todo, nos han hecho adictos a las máquinas y a las “realidades” virtuales, y ya no sabemos en que suelo pisamos. La felicidad y la libertad se han quedado en el camino. No obstante, lejos del pesimismo, hay que denunciar la constante manipulación que nos invade y alejarnos de esos discursos que pretenden fines inevitables, que no son sino espejismos.

Cuando se nos hace creer que seremos inmortales, y que la nueva era digital hará rebajar los costes productivos a nivel cero, se olvida que el mantenimiento mismo de ese montaje es el resultado del trabajo físico de muchas personas, y que, aunque nos aprovechemos de una energía tan barata y limpia como la solar, la construcción de todas las infraestructuras necesarias tiene un coste muy real. Parece ignorarse igualmente todo el trabajo, recursos y mantenimiento que hacen falta para lograr el funcionamiento de una simple red de comunicación como Skype, por ejemplo.

Nuestra capacidad tecnológica es enorme, pero el esfuerzo físico para sostenerla lo es también igualmente. El problema es que la enorme infraestructura que hay detrás de nuestros ordenadores o de inventos tan “revolucionarios” como las gafas de realidad virtual de Google, es invisible para los usuarios, y su mantenimiento diario es costosísimo. ¿Podemos imaginar cómo mantenerla eternamente? porque toda esa tecnología no va a funcionar sola indefinidamente.

Además, está el hecho de la instrumentalización de toda la información adquirida por las corporaciones que controlan nuestras actividades. Una información transformada en datos, que, como decía, no sólo reporta sustanciosos beneficios sin coste alguno a esas empresas, sino que sirve también para construir un mundo imaginario para el pobre ciudadano-internauta, que pretende hacerle olvidar su esfuerzo físico, sus preocupaciones y problemas reales, manteniéndole en, como dice Zygmunt Bauman, una vida “líquida” donde la felicidad se basa en la satisfacción de necesidades momentáneas, y donde no hay futuro.

La tecnología es la nueva magia, la nueva religión. Tal y como en el pasado la Iglesia católica nos hizo creer en la llegada del Mesías, reviviendo en cada ritual la transubstanciación del pan y el vino en la carne y sangre de Cristo, ahora todos creen fanáticamente en el Mesías digital que se materializa virtualmente en cada aparato que nos acompaña en todas nuestras actividades diarias: los teléfonos móviles y todos los dispositivos tecnológicos dan la sensación de ser mágicos.

Deseamos que sean mágicos cuando no son más que simples máquinas, dispositivos físicos que permiten ser muchas cosas gracias a la tecnología con la que están equipados. Esta transferencia simbólica, al igual que ocurría con los discursos religiosos antiguos, nos hace olvidar la realidad que se esconde detrás, todo el entramado de economía y poder que hace que se perpetúe la misma jerarquía de dependencia desde hace milenios.

Porque se nos ha hecho creer que la información es libre, que internet nos ofrece una capacidad de conocimiento sin límite, pero los archivos en los que está contenido todo ese conocimiento tienen dueño, que nos hará pagar por acceder a él. La gestión de la información se hará de forma bancaria, y por tanto, entrará dentro del ámbito de la propiedad. El distribuidor es quien se lleva las ganancias por encima del creador.

Es toda una realidad de economía delincuente, en la que la tecnología es el medio para esclavizar a los elementos básicos del sistema, los productores, que siempre obtendrán las migajas de todas esas ganancias.

Al final, todo ese discurso liberador de la ciencia “transhumanista”, defendido por los cerebros de Silicon Valley, solo sirve para encubrir una verdad muy antigua: mantener la riqueza de los poderosos y aumentar las desigualdades socio-económicas, en un mundo dominado por la retórica belicista y el miedo a una crisis endémica que no parece tener fin. Aún recuerdo la cara de Iñaki Gabilondo, absorto en el discurso del científico José Luis Cordeiro. No fue capaz de introducir una nota discordante en sus preguntas. Tan entregado o fascinado le tenía.

Pero la realidad es la que es, a pesar de los relatos triunfalistas de la nueva globalización tecnológica. Y nuestras miserias continúan con la misma intensidad a pesar de tener el último modelo de IPhone. Hemos de ver más allá de las apariencias y los espejismos. Si los postmodernos deconstruyeron la Historia, nosotros debemos reconstruir nuestro sentido de la vida y nuestro porvenir.

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