“La bruja” de Rogger Eggers es una película insólita en el panorama del cine contemporáneo

Satán

Por Eduardo Nabal

“La bruja” de Rogger Eggers es una película insólita en el panorama del cine contemporáneo. Dificil de clasificar en ningún género, bordea la reconstrucción histórica, el melodrama familiar, el cine fantástico y un desolado retrato de una sociedad rural dominada por la pobreza y la superstición. Eggers se toma su tiempo para contar una historia de miedo interior  en un paisaje a la vez hermosamente fotografiado y dotado de un lado inquietante que  acentúa  esa visión demoniaca  dada por la familia protagonista, expulsada del pueblo de donde provienen bajo la acusación de “brujería”.

El filme ilustra el nacimiento y el desarrollo del pensamiento intolerante en algunas regiones de Norteamérica y también cómo este pasa de generación en generación provocando miedos atávicos desde la infancia que unen imágenes divinas con fantasías diabólicas que no se materializarán hasta el final del filme. “La bruja” es por tanto un filme sobrio, visualmente muy cuidado, con ecos de Dreyer y Bergman en su tono reflexivo, ascético y sus cuidadosas composiciones plásticas, en ese silencio que rodea a algunos personajes y en ese misterio que acompaña a otros por un paisaje donde se mezcla la lucha por la supervivencia y contra los demonios que habitan dentro de los personajes. En sus fantasías sadomasoquistas y sus pesadillas pobladas de versículos y su casi permanente olor a pecado.

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Mucho más imaginativa visualmente que otras películas sobre el periodo, Eggers ha conseguido una pequeña obra maestra gracias a su atención a los detalles y a un ritmo sosegado que solo se rompe con estruendosa violencia por la aparición, real o imaginada, de miedos privados o sociales que unen el hambre, la intolerancia y el ansia frustrada de libertad en un entorno marcado por el estigma de la religión. A pesar de que la enfermedad y la locura se apodera de algunos personajes los que sobreviven son los que no temen al erotismo ni lo carnal, parece decirnos Eggers dentro de ese sombrío bosque lleno de lejanos ecos animales. Pero el director opta por sugerir más que mostrar durante gran parte del metraje del filme.

El mundo de los colonos puritanos del siglo XVII está iluminado con luz a la vez naturalista y atenta a las composiciones plásticas, como en los grandes maestros del cine europeo, y destaca la fuerza y la ambigüedad que Anna Taylor-John da al personaje de Thomasin, la menos temerosa de esta numerosa familia que se  esconde cerca de un ominoso bosque. La belleza y el suspense, el silencio de Dios y el Diablo, la herejía dentro del puritanismo son claves para entender un filme que elude el morbo a favor de un realismo paisajístico, no exento de una belleza bizarra, que acaba resultando, en su solidez  y credibilidad, mucho más inquietante que cualquier película “de género. Eggers ha conseguido cine puro a partir de un material de raíces históricas y literarias, una pequeña obra maestra fuera de tiempo.

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