Julieta y los Goya, vivir con ausencias

Por Eduardo Nabal

Preseleccionada sin éxito a los Oscar, nominada en Cannes, premiada en Londres y precedida de una polémica algo exagerada la última, elegante, densa aunque algo fría película de Almodóvar ha dividido a público y crítica, y ha sido uno de los primeros grandes fracasos de taquilla el autor de “Todo sobre mi madre”. La vuelta al cine de calidad no ha conquistado del todo a sus admiradores con un melodrama gélido y de firme base literaria.

La turbulencia de la historia no llega a calar en nuestros corazones, falta ironía y garra ácida tan preciada por sus seguidores.

El humor no surge aunque hay más de una situación que se presta a ello, dentro de las aristas negras del melodrama. Se añaden elementos extra cinematográficos que han dañado la película como el asunto de los “Papeles de Panamá” aunque el pueblo español muestra ser algo cainita cuando este mismo asunto (que también ha salpicado a futbolistas de altura como Leo Messi, que sigue conquistando seguidores de todas las edades y hasta es presentado como salvador de su equipo) no ha dañado a otros sectores del mundo del espectáculo por no hablar, ni de lejos, de los que nos gobiernan.

Con todo juzguen ustedes si esta refinada y desgarrada “Julieta”, basada en varios relatos de Alice Munro, puede o no, ganar algunos Goyas, o recuperar, con el paso del tiempo el lugar que debió ocupar en la filmografía de su autor.

Parece que, de entrada, no le espera ningún Goya importante, vigilada, de nuevo, por otras tres películas de policías (¿no están hartos de malvados de uniforme?), una academia, casi siempre, “poco amigable”, un pueblo que no sabe apreciar a sus talentos “ni siquiera por puro interés”, y que además se mete con certera sutileza con el Opus Dei y sus seguidores en la tierra. Para colmo su historia no deja un respiro de humor a un espectador agobiado por el relato incompleto de varias mujeres que cristalizan en una.

Con “Julieta” Pedro Almodóvar vuelve al cine con mayúsculas, en lo que a las formas audiovisuales se refiere y al calado dramático de su alambicado relato, a pesar de que no faltan elementos que impiden que su última película acabe de arrancar del todo, sin conseguir un conjunto armónico, con más de un bache en su bella caligrafía.

Almodóvar descuida el ritmo y, sobre todo, se deja en el tintero uno de los puntos que más lo diferencian del resto de directores españoles: esa irreverencia incisiva y surrealista a favor de un tono serio, tristón y algo grave que acaba haciendo de su “Julieta” un melodrama un poco agobiante salvado por la pericia, la soltura narrativa de su director y guionista, la solvencia de un reparto cuidadosamente elegido -encabezado por una espléndida Emma Suárez y una esforzada Adrianna Ugarte- y su equipo habitual, incluido el ya internacional compositor Alberto Iglesias. La pericia salva los escollos y la caligrafía audiovisual nos devuelve una película que logra arte donde los goles de Messi solo son (en el mejor de los casos) opio y espectáculo.

Estamos ante otra historia de secretos y medias verdades, fotos por recomponer, pasado que vuelve, otro puzle sentimental algo folletinesco pero efectivo, con alusiones y claves sobre una España que no desaparece lastrada por instituciones ancestrales y caducas que impiden la realización de algunas personas, a lo que se añaden nuevas y viejas relaciones de pareja o dentro de núcleos familiares enrarecidos por la tensión entre el pasado que, de nuevo, condiciona el presente, llegando a absorberlo, a engullirlo como un mar embravecido, en una historia con leves resonancias mitológicas, amortiguadas por un tono más seco de lo habitual, a pesar de las copiosas lágrimas de su protagonista femenina.

Con una hermosa y entristecida partitura de Iglesias, “Julieta” nos devuelve al mejor Almodóvar para los admiradores de su lado trágico, un realizador que narra con pulso firme, manejando decorados, elipsis, guiños, contrastes culturales y esas puyas al catolicismo , de un modo otro, impregnan de una manera “bizarra” toda su obra. Aunque echamos de menos esa ironía, ese humor corrosivo que hacen que finalmente “Julieta” parezca un filme elegante pero frío, oscuro y algo desangelado, sobre todo en lo que a la historia de amor entre las dos adolescentes se refiere, que queda totalmente desdibujada.

Historias de amor desesperado, separaciones forzosas, reencuentros dolorosos, culpa, miedo y remordimientos en la mejor tradición del realizador de “Todo sobre mi madre” o “La ley del deseo” . Tal vez haya cierto esquematismo en la definición de algunos secundarios (como esa Rossy de Palma desagradable pero que no acaba de resultar divertida en su obtuso papel de “ama de llaves” fisgona, o los caracteres del padre de Julieta o esa Abba, la amante ocasional y escultora vocacional del marido de la protagonista) y, en esta ocasión, a pesar de lo evocador de la forma y los paisajes, el realizador intente contar demasiado dejando muchos cabos sueltos. Cabos sueltos en una historia que acaba un poco a la deriva, menos rocambolesca y disparatada, pero igualmente compleja, estilizada y aún más trágica que otras suyas.

Pero, si hasta en el Almodóvar más negro (“Matador”, “Hable con ella”, “La mala educación”, “La piel que habito”) encontrábamos un saludable sentido del humor surrealista, en esta refinada y visualmente cautivadora “Julieta” (todo un recital interpretativo a partir de un guión que hace equilibrios) echamos de menos algún rastro ese humor buñuelesco, esa garra cañí, saludable e irreverente, esa sensualidad o desparpajo que lo distingue de otros grandes directores de su generación. El realizador opta por la metáfora en lugar de la paradoja, dejándonos con un sabor agridulce por lo que pudo haber sido y no fue esta “Julieta” hermosa y triste como una estatua griega encontrada mutilada, sin algo esencial, traída de un lugar remoto a un país donde, de entrada, no va a ser bien recibida.

Así, en una maravillosa elipsis en que la joven pareja de niñas (más que amigas) Adriana Ugarte se convierte en Emma Suarez, con algo del Hitchcock de “Vértigo”, pero despojada de emoción o toques de colorismo. Igual que las imágenes del mar, el campo y arado, la tormenta, el contraste entre el piso ultramoderno en el que rehace su vida y el piso antiguo poblado de recuerdos al que regresa a contar su vida. Pero el realizador, en esta ocasión, elige evocar o deconstruir el mito en vez de derribarlo.

Hay ocasiones en la que el espectador siente el impulso de hacerle el chiste al director que incluye ingredientes llenos de ironía pero los fosiliza en aras de la tragedia con mayúsculas, esa tragedia griega que enseña la propia Julieta de joven en sus clases de griego como profesora suplente.

A pesar de esa frialdad y seriedad que estropean parte de “Julieta, se trata de una de sus grandes películas porque logra que el espectador nuevamente se sienta parte de una historia de amor y dolor arriesgada en el fondo y en la forma que, en su exceso encuentra su equilibrio, en sus referencias ocultas sus verdades más ácidas, en su pequeñez su grandeza y en sus referencias al drama literario su capacidad de trascenderlo hacia algo más hondo.

Un nuevo viraje en la carrera de un maestro que, no obstante, parece, en esta ocasión, empeñarse demasiado en que “lo tomemos muy en serio”, tras la saludable gamberrada marika de “Los amantes pasajeros”. Basada en varios relatos de Alice Munro “Julieta” es un filme de amistades/amores adolescentes y dolor adulto, de trasfondo lésbico algo borroso, cuya complejidad y capas de lectura, como la de otros suyos, pide un segundo y atento visionado.

Más querido siempre fuera que dentro el autor de “La mala educación” puede o no ir a Hollywood pero el reconocimiento en países como Inglaterra a su talento de nuevo pone en evidencia, al margen de las imperfecciones de su último filme, nuestros arraigados males castizos.

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