“Heteronavidad” por Javier Sáez

Por Javier Sáez

La fiesta de Navidad es uno de los espacios heterocentrados por antonomasia. No sólo se celebra la familia hetero por excelencia: una madre, un padre y el nacimiento de su hijo (aunque esa familia es rarita donde las haya). La presión social empuja a maricas, lesbianas, bisexuales y trans a sentarse en torno a la mesa de la familia nuclear, para reproducir la comedia heterosexual.

La mayoría vuelven a sus armarios, dejando en ellos las plumas y las parejas, si las tienen. Y todos y todas deberán disimular ante las preguntas sobre las esperanzas conyugales del tío o de la abuela: “no, sigo soltero, me gusta estar así”. O si no quieren disimular, se verán metidos en el armario de cristal: todo el mundo en casa lo sabe pero “mejor no hagas alarde de “eso” en estas fechas. Qué pesado con lo de la homofobia, tengamos la cena en paz”.

Para muchas de nosotras el empacho de polvorones, turrones, mazapanes y cordero no es nada comparado con la indigestión de propaganda heterocentrada de estos días. Las películas y programas de la tele, los villancicos, las charlas de sobremesa, la presentación de los nuevos novios, novias, sobrinos, sobrinas, nietos, nietas, y recién nacidos en general, toda esa escenografía no se percibe habitualmente como un despliegue de “propaganda heterosexual” (usando la terminología rusa sobre los derechos LGBT). Se percibe como “normal”. Eso no es “ideología de género”, es ser como Dios manda. Eso no es “lobby hetero”, es lo que se ha hecho toda la vida de Dios.

Esto nos recuerda también que estas fechas son un espacio católico por excelencia. Los heterobelenes proliferan en todo el espacio urbano y familiar: plazas, escaparates, salones de las casas se llenan de ese teatro que representa el nacimiento de Jesús, un ejemplo evidente de que en España no se respeta la Constitución, y de que su artículo sobre la aconfesionalidad del Estado es papel mojado. Los privilegios que la iglesia católica mantiene en nuestro país se refuerzan en estos días con esa invasión de propaganda religiosa que es el discurso navideño. Desde Nochebuena hasta el día los Reyes Magos, estas dos semanas España se llena de imágenes y referencias al niño Jesús, la Virgen María y San José. Esta soberbia católica no se suele percibir como una falta de respeto a las personas ateas, o a las personas con otras creencias religiosas, que somos bastantes millones en este país.

Para los que hemos sufrido la homofobia católica, este recordatorio religioso constante es algo doloroso. Es recordar cómo de pequeños/as nos atemorizaban y nos insultaban. Es recordar cómo nos enseñaban a odiarnos a nosotros/as mismos/as, inculcándonos en catequesis, escuelas y homilías la idea de que el deseo gay o el deseo lesbiano, o la identidad trans, eran cosas diabólicas, pecaminosas, perversas, enfermas. Pocas veces se analizan los efectos brutales que esos discursos (que hoy en día la iglesia católica mantiene) tienen en la vida de millones de niños y niñas con sexualidades disidentes. La Navidad, al menos en mi caso, condensa todo ese odio homofóbico que viví en mi infancia burgalesa, esos recuerdos de culpabilidad y angustia a los que no ha sido fácil sobrevivir.

Por eso yo no celebro la Navidad. No hay nada que celebrar. Como mucho deberíamos celebrar el nacimiento de Isaac Newton, el mayor científico de la historia, gracias al cual el imperio de la ignorancia que patrocinaba la iglesia se vino abajo.

Newton nació un 25 de diciembre. Tomaré una copa a su salud.

Javier Sáez

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