Castilla y León, yerma y despoblada

La despoblación del medio rural poco importa a las instituciones

Por Basilio el Bagauda

Hace unos pocos meses el presidente Juan Vicente Herrera se atrevía a invitar a Podemos, ya que a Ciudadanos ya los tenía “en el cesto” del diálogo social, a unirse a la Agenda de la Población 2010-2020 y expresaba que “Castilla y León sufre causas estructurales que cronifican y afectan a la población“. Me atrevo a decir desde esta columna que la principal causa crónica de la despoblación, muy especialmente en las zonas rurales, es el voto cautivo y permanente desde hace ya 30 años, toda una “dictadura”, al Partido Popular.

Si alguien es responsable de la desertización de este inmenso territorio son sus votantes abonados a valores conservadores y tradicionales, verdaderos ventiladores que expulsan permanentemente a la población más joven.

El desastre alcanza cotas insoportables y probablemente irreversibles si no se produce una nueva colonización masiva: nada mal vendrían aquí los miles de seres humanos que escapan del horror y del inhumano y represivo trato bien pagado por los conservadores y los traidores soocialdemócratas europeos al nacionalista turco Erdogan.

Desde el 2010, año en el que Herrera presentó esta “broma” llamada Agenda, se ha perdido la escalofriante cifra de 70.000 personas, más del 3 % de la población frente al 0.1 % en España. Del 2010 al 2014 se ha reducido la natalidad en más de un 13 % y esto quizás tenga algo que ver con los más de 67.800 jóvenes que han tenido que inmigrar, un 17.5 % menos de población juvenil.

Sin acceso a la educación universitaria, no olvidemos que Castilla y León es la 3ª en las tasas universitarias más altas, sin empleo y con sueldos de miseria (nuestra comunidad tiene la mayor reducción de salarios de toda España), l@s jóvenes salen pitando. Y si además de ser joven eres mujer, la situación es aún más precaria y ya no sólo por las condiciones materiales sino por los valores que se mantienen en las comunidades rurales donde se dificulta aún más la vida de las mismas.

Jóvenes, mujeres y ancianos, los otros excluidos, especialmente si viven en zonas despobladas y con pocos recursos económicos. No hay que dejar pasar por alto que la tasa de dependencia en Castilla y León ha pasado del 55 al 58 %. Si a ello se le une las cantidades irrisorias que destinan los populares a l@s dependientes, la situación resulta irrespirable.

Quizás los problemas estructurales de los que hablaba el orgulloso Herrera tengan que ver con las directrices políticas, fundamentalmente las derivadas de la PAC, y las de prestación de servicios públicos.

No hay que olvidar que las principales pretensiones de la Política Agraria Común eran y son la reducción de la población agrícola y ganadera hasta alcanzar el 8 % de la población activa y la disminución, cuando no supresión, de las cuotas de producción de determinados productos. Si a esto le sumamos la escasa capacidad de generar iniciativas de desarrollo, que tiene mucho que ver con la formación y la edad media de la población, y la explotación de recursos naturales por agentes externos a la comarca, como insiste el PP con la fractura hidraúlica hoy en día, la situación económica es insostenible.

Por otro lado, en cuanto a la política de implantación-prestación de servicios está guiada por una sesgada discriminación hacia el medio rural con población dispersa y la decisión en el pasado de concentrar los servicios en las cabeceras de comarca asestó un duro golpe a los pequeños núcleos de población, hoy ya verdaderos despoblados.

Este vacío político-administrativo somete a la población a una inseguridad permanente que indirectamente impulsa al abandono del medio rural y sus habitantes ven condicionadas, de esta manera, sus posibilidades de desarrollo personal.

Y qué decir cuando los pueblos se reducen a meros polígonos del cereal, dónde los verdaderos explotadores de los recursos naturales ya no residen más que un mes al año, absolutamente desligados de la vida cotidiana y de las relaciones interpersonales, dónde poco les importa la supresión de servicios básicos, el deterioro de las infraestructuras o el daño que producen al resto de la población con sus vertidos y sus venenos. Ahora mismo en algunas localidades de la provincia de Burgos los habitantes no beben el agua que sale de sus grifos por obra y gracia de Bayern y de aquellos que se hacen llamar “agricultores” cuando en realidad no son más que especuladores del arado.

Para colmo de males y a pesar de la entrada de ingresos a través de la PAC el campo se sigue descapitalizando dado el cada vez mayor aumento de precio de la maquinaria, de las semillas y de los tóxicos de uso “obligatorio”. De otro lado, tampoco se debe de olvidar que buena parte del capital que entró a chorros en las cuentas de muchos medianos y grandes propietarios acabó en el ladrillo de las ciudades, por lo que éste sólo sirvió para la especulación inmobiliaria y se produjo también un fenómeno gravoso para el sostenimiento poblacional en los pueblos: la creación de sociedades de gestión de derechos de la PAC. En realidad chiringuitos montados por individuos bien informados, muchos de ellos funcionarios ligados al mundo agrario, para la compra de tierras y de derechos con el fin de acumular los ingresos de la Unión, lo que redujo aún más el número de futuros agricultores y ganaderos.

Quizás el cooperativismo entorno a las producciones agrícolas y ganaderas y las industrias agrarias y agroalimentarias podían haber salvado la situación pero dado el carácter individualista y tremendamente conservador de nuestros paisanos han sido pocas las experiencias positivas y duraderas que “salvaran los muebles“.

En definitiva, pueblos con una economía devastada, sin vida y aislados, con infraestructuras altamente deterioradas, servicios públicos desaparecidos o en peligro de extinción y graves carencias en transporte público y en tecnologías de la información y la comunicación. ¿Acaso alguien puede creer que habiendo numerosos pequeños municipios sin cable ni fibra óptica, las Diputaciones se planteen que van a conservar a l@s jóvenes en las zonas rurales invirtiendo en apuntalar la Iglesia a la que ya sólo acuden sus mayores?. Sólo este ejemplo basta para explicar las sonrojantes prioridades de nuestra clase política.

Pero dejando a un lado la economía, retomo el principio para volver al ámbito de los valores, de la ideología, como conjunto de ideas y de maneras de entender el mundo, enraizada en nuestras comunidades rurales y, por qué no decirlo, en las pequeñas capitales de provincia.

Nos encontramos ante una población cada vez más envejecida, con una perniciosa influencia de la Iglesia Católica, acostumbrada a relaciones interpersonales incrustadas en estructuras sociales muy rígidas y poco permeables y con un escaso nivel de cultura y práctica participativa frente a la permanencia de estructuras caciquiles en el reparto del poder.

Además, la exclusión de ciertos sectores de población, de los que ya he hablado arriba, viene condicionada por estos mecanismos que son mucho más sutiles y complejos, pero que son muy necesarios para explicar la irreversible despoblación.

Los mecanismos que afectan al sector de la 3ª Edad son fundamentalmente el aislamiento físico, el alejamiento de los servicios básicos, el desconocimiento de las vías y cauces por las que circula la información relativa a derechos y recursos, la disminución de las capacidades físicas y de la autonomía, el aislamiento generacional y, en muchos casos, graves problemas en sus condiciones materiales de vida.

Respecto a las mujeres, vienen altamente condicionados por la tradición cultural y el triple rol atribuido a las mismas de madres, esposas y trabajadoras de la explotación familiar, en la mayor parte de los casos con poca o nula capacidad de decisión y de participación en las tomas de decisiones. Estas condiciones de trabajo y de dificultad en su emancipación son mecanismos de exclusión de su propia promoción personal y profesional.

Por último, l@s jóvenes buscan el disfrute de unos bienes y servicios y posibilidades de desarrollo y culturales de acuerdo con los cánones urbanos y ésto choca frontalmente con la necesidad de adaptarse a un medio limitador de condiciones básicas de desarrollo afectivo, culturales y económicas.

Por desgracia estamos ante un bucle perverso que no parece que vaya a cambiar, puesto que cuanto más envejecida sea la población, mayores probabilidades tendrá el Partido Popular de seguir detentando el poder y cuanto más se prorrogue esta situación mayor expulsión de jóvenes se producirá, mayor envejecimiento y mayor despoblación.

Dicho esto y a la luz de los resultados de las políticas populares al menos deberían de ahorrarse la broma de la dichosa agenda o quizás lo que pretendan es seguir teniéndonos entretenidos mientras siguen sus trapicheos clientelares, sus subvenciones a fondo perdido a las empresas de cabecera, sus prebendas a los artistas cortesanos, sus representaciones de la Pasión y sus “paces sociales”.

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