Amok en Münich


cordón policial

Por Juan Argelina

Cuentan que los malayos enloquecían y asesinaban con saña a quienes se ponían por delante, en una locura homicida, durante la ocupación colonial, antes de suicidarse. El fenómeno fue estudiado por los psiquiatras, que le dieron el nombre de “síndrome de Amok”, palabra indígena que significa “atacar y matar con ira ciega”. Incapaces de entender tal acto irracional, los occidentales, desde su dominante comodidad, asumieron que era una cuestión “propia de salvajes”, habitantes de tierras exóticas donde acechaban enfermedades mortales y el clima pervertía las mentes.

El tema cayó en el romanticismo, y fue objeto de novelas y películas: Stefen Zweig escribió “Amok o el loco de Malasia” en 1922, novela que fue llevada al cine en 1944 por Antonio Momplet, y adaptada más tarde por el director alemán Michael Fengler (“Warum läuft Herr R. Amok?”, 1970), pero se trataba de exponer cómo las influencias malignas procedían del contacto con ese perturbador mundo exterior, que Conrad expuso en “El Corazón de las Tinieblas”. “La locura viene de África” se decía, y el “mundo civilizado” debía erradicarla, si no quería caer en ella. Era la “pesada carga del hombre blanco”, que con arte poético justificó Rudyard Kipling.

Pero la literatura dejó paso a la ciencia ante la evidencia del aumento incontrolable de este tipo de casos en Occidente durante los últimos años, y la OMS calificó esta “enfermedad” cono “un episodio aleatorio, aparentemente no provocado, de un comportamiento asesino o destructor de los demás, seguido de amnesia y/o agotamiento. A menudo va acompañado de un viraje hacia un comportamiento auto-destructivo, es decir, de causarse lesiones o amputaciones llegándose hasta el suicidio“.

Ya podemos estar tranquilos. El joven Alí David Sonboly padecía el síndrome de Amok, y todos los medios de comunicación nos transmiten la excepcionalidad homicida de su locura, comparándola con la de Anders Breivik, que asesinó en la isla noruega de Utoya a 69 personas. Igualmente nos relajamos al saber que sus actos no están relacionados con el terrorismo yihadista, pero me impacta comprobar cómo necesitamos etiquetar y buscar rasgos y características enfermizas en cualquier comportamiento resultante del dolor, el hastío y la desesperación de los demás.

Las horrendas consecuencias de estos bárbaros sucesos no deberían hacernos olvidar sus causas. Cuando se cometieron los atentados de Orlando, París o Niza, no sólo no caímos en la cuenta de las incontables víctimas producidas por otros similares en aquellas zonas del mundo menos “bendecidas” por la mano del “progreso” y la “democracia”, sino que se quiso relacionar a sus autores con signos de “anormalidad”, que nuestra cultura achaca a “desviaciones” propias de enfermos mentales o pervertidos (Abdeslam SalahOmar MarteenMohamed Bouhlel).

Menos mal que al menos ahora este crimen no sirve de excusa para bombardear al Daesh en Siria o Irak, con los ataques “selectivos” a los que nos tienen acostumbrados. Deberían tener el mismo alcance mediático las muertes de inocentes producidas por los drones, que, dirigidos también por adolescentes acostumbrados a manipular videojuegos desde alguna base de Utah u Ohio, hacen estragos entre civiles.

Pero claro, eso es un “daño colateral”. En nuestra civilizada Europa cunden rápidamente todas las alarmas ante el terrorismo indiscriminado, y cunde el pánico, aumenta la desconfianza frente a esos “extraños” que vienen de esos territorios donde surgió “Amok”, y resurge el fascismo. Hace poco vi como abucheaban a una joven con aspecto árabe que había acudido a los actos de repulsa contra el atentado de Niza. La gritaban “vete a tu país”. Y ella respondía: “Yo soy francesa. Yo nací aquí, como usted. ¿Dónde voy a ir?”. El adolescente Alí David Sonbuly gritaba lo mismo desde la azotea del supermercado donde asesinó a 10 personas. Sus padres habían sido refugiados procedentes de Irán. ¿Qué diferencia marca eso? ¿Cómo vivió este chaval su día a día entre sus compañeros de clase, sus vecinos, su entorno en general? ¿Nació con esa locura genética, propia de los llegados de las “tinieblas”? Amok está entre nosotros. En nuestras conciencias, esperando al lado de nuestra comodidad.

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