El futuro de la Izquierda tras el 20D

 Artículo de Opinión

Por Juan Argelina

¿IZQUIERDA? ¿QUÉ IZQUIERDA? IMPRESIONES TRAS LAS ELECCIONES DEL 20-DEn estos días de cambio de año suelo ver mensajes de entierro del pasado. El 2015 se ha ido. ¡Olvidémonos del tiempo viejo y abracemos ansiosos el nuevo! Cómo si tuviéramos que hacer un borrado de memoria y resetear el disco duro de nuestra mente, harta ya de datos obsoletos.

Las elecciones de diciembre también lanzaban un mensaje de ruptura y futuro, pero nos dejaban en un limbo político en el que, como decía Gramsci, lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de llegar. Y en estas circunstancias, el tiempo lento parece dar paso a una impaciencia que quiere ver cambios sin darse cuenta de que la carga del pasado es aún muy pesada. Mientras unos hablan de la reconstrucción de la izquierda (Alberto Garzón habla ya abiertamente de “una izquierda que supere a IU, que será el resultado de un debate riguroso y sin miedo al debate”) y otros de la obsolescencia misma del concepto “izquierda” (desde Podemos siempre se habló del “arriba” y “abajo” frente al “derecha” e “izquierda”, argumentando la necesidad de un nuevo planteamiento ideológico, unido a una reformulación de los conceptos de base), bastante manoseado en un modelo binario de sociedad, heredado de las revoluciones burguesas, las viejas formas de transmisión política van quedando relegadas al letargo de mentes formadas en un tiempo que no por lejano, ya parece prehistórico.No es que se creara nada novedoso con el sistema asambleario de las protestas del 15-M, pero si lo fue la forma en la que se constituyeron los debates “a cielo abierto” (siguiendo el modelo del mayo francés), señalando directamente a la gente como agentes activos en el proceso, y marcando diferencias con el modelo tradicional de partidos como esquema de representación democrática.Algunos amigos me discutieron indignados la “traición” de Podemos hacia esos primigenios fundamentos, recalcando que su integración en la maquinaria electoral como un partido más, marcaba un signo de continuismo.

No obstante, si no hubiera sido así, ¿tendría que haberse creado entonces un sistema paralelo de asambleas populares que se enfrentara, de forma revolucionaria, a las decisiones parlamentarias? Se necesitaba, en mi opinión, un primer paso que aportara legitimidad a la existencia de las tendencias políticas que se estaban formulando desde la base social.

Era preciso abrir la puerta de un proceso de ruptura real desde dentro de las instituciones. El que después Podemos continúe o no representando este cambio es lo de menos. Lo interesante es abrir el frente para que surjan nuevas expectativas de creación de movimientos sociales que, desde abajo, vuelvan a reconstruir la relación entre los ciudadanos y el poder. Y en este sentido creo que va la idea de Alberto Garzón al hablar de “repensar la izquierda” y “organizar y fortalecer el instrumento político para la defensa de los servicios públicos y de los derechos humanos”.

Evidentemente, el antiguo modelo del PC está caducado desde hace mucho. No es que el objeto de su lucha haya cambiado, sino que su esquema organizativo era y es un calco de las estructuras de poder que su misma ideología pretendía combatir.

Hace ya mucho que nos hemos acostumbrado a las continuas purgas y expulsiones de críticos y “desviacionistas”, y el año pasado asistimos ya al sainete final en Madrid, cuando, en un espectáculo de “potlatch” autodestructivo, se desautorizó a Tania Sánchez y a todo su equipo, que habían sido elegidos por mayoría absoluta por los militantes de IU en las primarias para representar a la coalición en las elecciones municipales, por lo que la abandonaron poco antes de su celebración.

Estas luchas internas reflejaron lo que todo el mundo sabía, que el aparato de poder en IU no podía consentir cambios que supusieran el fin de las prebendas de unos cuantos dirigentes que ya se habían acostumbrado a las parcelas de control que conservaban. IU ya había perdido el norte político.
Cuenta Juan Carlos Monedero cómo planteó ya a inicios del 2000 a Gaspar Llamazares una serie de propuestas para reorganizar la actividad de IU: la primera era reconstruir las relaciones con los sindicatos; la segunda consistía en marcar claramente al PP como principal adversario político; y en tercer lugar, replantear la cuestión territorial.
Es decir, pretendía regresar a postulados previamente defendidos por Julio Anguita: los sindicatos habían traicionado claramente sus compromisos de clase (recordad a José María Fidalgo, secretario general de CCOO entre 2000 y 2008, que acabó manifestando sus coincidencias por el programa social del PP, e incluso se barajó su nombre como ministro de Trabajo en el ejecutivo de Rajoy); los partidos “hermanos” como Iniciativa per Catalunya estaban a favor del Tratado de Maastricht, por lo que se separaron de IU; y el acercamiento a un PSOE marcado por la reconversión neoliberal y los GAL implicaba la práctica anulación del discurso alternativo de IU. 
Por lo tanto, la “reconstrucción” de Izquierda Unida ya era un asunto bastante complicado. Para empezar porque era casi “natural” pensar que su secretario general debía ser también el del Partido Comunista, lo que hacía pensar en IU como su extensión, su “tapadera”, cosa que lastraba lógicamente su capacidad de desarrollo y debate interno.
Llamazares siempre tuvo que luchar contra la desconfianza del PC, y contra la tendencia de buena parte de sus dirigentes de no abandonar su papel segundón con respecto al PSOE. 

Siempre existió la idea de que la principal tarea de IU era atraer al PSOE hacia posiciones de izquierda, y eso ha sido un lastre tremendo en su capacidad de acción política, ya que significaba su resignación a quedar como un residuo dentro del esquema del turnismo, y a la larga, ha demostrado ser una de las principales causas de su crisis final, porque dentro de este paradigma, no había que convencer a la gente de la necesidad de una nueva política, sino simplemente de obtener el espacio suficiente como para mantener al PSOE en una posición medianamente progresista, lo que en el fondo venía a decir que avalaba la estructura de poder existente, sin alternativa.
Realmente creo que una de las mayores aportaciones de Podemos es precisamente romper este esquema. ¿Y ahora qué? Garzón quizás esté haciendo lo que a Llamazares le aterraba. Lo que Acchile Occhetto hizo con el PCI en 1991: disolverlo. El PC de hoy ya no es el que era diez años atrás, y no creo que aparten a Garzón como hicieron con Llamazares.
Tendrá más libertad de acción, e imagino que la nueva estructura política que saldrá de las discusiones en el Consejo Político de IU, tratará de confluir de forma más independiente y realista con Podemos, sin la pesada carga de viejos modelos que solo representan a intereses de algunos, sobre todo de cara a unas próximas nuevas elecciones, si no se plantea la famosa “gran coalición” PP-PSOE-Ciudadanos, que recordaría el gobierno de concentración creado hace cien años, y que significó el principio del fin del sistema turnista de la Restauración.

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